Adela Navarro Bello
Quinquenio
El único quinquenio infame que ha tenido Baja California es el de Xicoténcatl Leyva Mortera, que fue gobernador de 1983 a 1988, y eso porque el entonces recién electo Presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari, lo retiró más por cuestiones políticas que por considerar las innumerables irregularidades que en aquellos cruentos años se vivían en el estado.
Fuera de esos cinco años de administración, no ha habido otro quinquenio, ni infame ni bondadoso, ni todo lo contrario. Hemos transitado, eso sí, por dos trienios gubernamentales, luego que Héctor Terán falleciera después de tres años de administración. Fue sustituido por Alejandro González Alcocer, quien representó, por cierto, un trienio casi tan infame como el quinquenio de “Xico”.
Pero fuera de esas tres excepciones, nada. La historia contemporánea de Baja California reporta el cumplimiento de los seis años de gobierno en la mayoría de sus administraciones. Finalmente, para ese periodo son electos los gobernantes.
Ahora llama la atención que José Guadalupe Osuna Millán esté empeñado en inaugurar el quinquenio del Siglo XXI en la localidad. Quiere irse antes. Arguye para ello, que se comprometió en campaña a realizar una reforma electoral que entre otras cosas empatará las elecciones estatales con las federales. Supone el Gobernador que eso significará ahorros en tiempo, dinero, saliva y campaña. Que será benéfico, pues, para la sociedad bajacaliforniana.
Sin embargo, la reforma electoral en Baja California no puede estar basada en una reflexión tan simplona como esa. Realmente hay asuntos de mayor relevancia que el empate en fecha de los procesos electores federal y estatal. Urge, por ejemplo, una fiscalización real a los gastos de campaña, que sean contabilizados conforme se van ejecutando los recursos y no cuando la campaña ya terminó, los candidatos ya son autoridad o derrotados. O sea, oportuna y no de vendetta política.
También haría falta cambiar los términos en los que los partidos derrotados se “reparten” el Congreso de Baja California. Los candidatos de lista salen sobrando ante la proporción de la votación. Esos candidatos que llegan tranquilamente a la Cámara local sin hacer campaña, pero sí representando intereses oscuros, deberían ser eliminados. Dejar la representación proporcional en eso, precisamente.
También podrían acortarse los tiempos de campaña, y con ello los presupuestos para labores proselitistas a los partidos políticos. Lo mismo regular la utilización de espacios públicos, y controlar los donativos a los candidatos.
Hay muchas cuestiones de fondo y de forma más importantes que el empate de las elecciones estatales con las federales, que tendría como reacción inmediata el quinquenio osunista.
Realmente ¿cuál es el beneficio de empatar las elecciones? En términos generales, lo lógico sería “ahorrarnos” una campaña en tiempo, porque en dinero, igual y se repartirá por ser dos presupuestos distintos el estatal y el federal. Se ahorrarían los bajacalifornianos tres meses de más de lo mismo, pero nada en términos económicos. La campaña y la elección se llevarían a cabo junto a otra. Es decir, la tortura electoral únicamente se trasladaría de un año a otro.
Sin embargo, el beneficio de tiempo sería prácticamente minimizado por los costos políticos de tener tanta elección al mismo tiempo. Si se empataran las elecciones, en un mismo domingo elegiríamos: Presidente de la República, Senador de la República, Diputado Federal, Gobernador del Estado, presidentes municipales y diputados estatales. Tendríamos seis boletas en la mano y la necesidad de tomar seis importantísimas decisiones en diferentes esferas de la administración pública ¿Eso es lo que se quiere?
Las afectaciones políticas serían mayores. Por ejemplo, generalmente en una elección federal, el candidato a la Presidencia de la República es quien influye en las otras nominaciones. Los senadores y diputados federales van de la mano en la campaña federal con su gallo presidencial. Pero en una campaña local, el aspirante a gobernador es el que determina el destino del resto de los candidatos, en este caso a presidentes municipales y diputados.
Teniendo todas las elecciones el mismo día, quién influiría en quién. Además, con trabajos hay ojos y oídos para debates entre candidatos a gobernador y presidentes municipales, cuando tendríamos que agregarle los debates de senadores y diputados.
En política la ganancia no está en la cantidad, sino en la calidad. De ahí que un empate de elecciones no traerá necesariamente un ahorro sustancial, ni económico, ni de tiempos de campaña, mucho menos en términos de una elección desarrollada con madurez y civilidad.
Ciertamente hay estados que tienen estructurado su calendario de esa manera, todas las elecciones juntas, pero si Baja California cuenta con una separación muy clara entre sus procesos federales y los locales, para qué inmiscuir unos con otros. O sea, cuál es la idea. Porque de ahorros está visto que no habrá mucho. Los partidos no regatean una prerrogativa electoral, aun cuando todas las elecciones, habidas y por haber, se realizaran en el mismo día.
A lo mejor Osuna debería proponer al Congreso un plebiscito para saber si los bajacalifornianos quieren empantanarse con seis elecciones en un día, o si prefieren seguir como están, con todo y que en cinco años, sólo uno en uno tengamos elecciones, y a ver qué dicen.
Ahora que si de lo que se trata es que Osuna encabece el primer quinquenio (aún sin calificativo) del Siglo XXI, pues ese es otro tema y hay otras salidas. ¿No?
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