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J. Jesús Blancornelas

Por casualidad

Recuerdo que el FBI realizó una ceremonia especial en San Diego, California.
Y fue para etiquetar a los hermanos Arellano Félix como los más buscados de Estados Unidos, ofreciendo una recompensa de dos millones de dólares a quien informara dónde estaban. Comentándolo con un agente antinarcóticos norteamericano, le dije que no les daría el resultado porque “los Arellano pueden pagar el doble para que no digan dónde están”.

Ha pasado casi un año de aquella ceremonia y la oferta no funcionó. Es que los famosos hermanos tienen y mantienen una red informativa en las policías mexicana y norteamericana, que les permite saber si hay un soplo para poder huir antes que los capturen. Naturalmente, es normal que enseguida ordenen matar al confidente.

Cuando en 1993 y 1994 la Procuraduría General de la República (PGR) ordenó catear numerosas residencias frecuentadas por los Arellano en Tijuana, la Policía Judicial Federal siempre las encontró vacías. Agentes sobornados siempre alertaron oportunamente a los habitantes para que con sus familiares o amigos huyeran. Hubo ocasiones que hasta dejaron prendidas la estufa y televisión y no tuvieron tiempo para llevarse joyas, miles de dólares y vestuario.

Pero curiosamente una cosa me queda clara: La policía mexicana es capaz de capturar al hermano del ex presidente o darle la vuelta al mundo para cazar a varios banquero tramposos. Además, como en las películas, los norteamericanos arrestan a un terrorista en forma tan impresionante como encontrar una aguja en el pajar. Pero a los hermanos Arellano Félix –como  les dijo Salinas de Gortari a los perredistas– la policía de éste y el vecino país ni los ve ni los oye. Solamente Francisco está en Almoloya. Detenido no tanto porque anduvieran siguiéndole los pasos, sino por puritita casualidad.

Vivía tranquilamente en Tijuana. La suya era una casa de dos pisos alejada del gran lujo. Contra la costumbre del narcotraficante, Francisco no se rodeó de extravagancias ni de animales raros y caros. Su residencia tenía dos entradas. Una puerta normal de madera y otra de acerada cortina, como la de los comercios, que se subía o bajaba con un rústico motorcito. De inmediato estaba un patiecito encementado que permitía estacionar muy justamente dos autos. De allí se entraba directamente a sala que era relativamente pequeña, y enseguida a una cocina-comedor bien equipados pero sin llegar al lujo.

Cuando entré a la casa, todavía tenía juguetes en el patio, vasos en la mesa, la vajilla en su lugar y surtido el refrigerador. Recuerdo hasta el florero sobre la mesa, todavía con unas frescas rosas. Una escalera alfombrada modestamente conducía a las recámaras. La matrimonial con baño y clósets grandes. Pasillo de por medio un par de dormitorios más chicos donde resaltaba la pintura con motivos infantiles en las paredes, más juguetes tirados en el piso y las camas destendidas.

Al final del pasillo que dividía esos cuartos, estaba casi a ras de suelo un marco de vidrio negro polarizado. Era la entrada de un pasadizo que desembocaba a un desaseado cuartito en la azotea. Allí había una litera para dos adultos y con ventanas en tres de las cuatro paredes. Era para los guaruras armados. Restos de cornfleics, leche, café en polvo y trastes sucios estaban sobre una mesa rústica.

Francisco jamás hubiera sido capturado de no ser porque al otro lado de su casa estaba un lote baldío, donde empezaron a construir. El dueño de la obra se daba todos los días su vueltecita para vigilar a los albañiles, hasta que un día se dio cuenta que Francisco Arellano Félix vivía enseguida. Su nombre es Francisco Loza Parra y, la gran casualidad, que entonces era Comandante de la Policía Judicial Federal en Tijuana, ajeno al control de los Arellano. Capturó a Francisco precisamente el 5 de diciembre de 1993 sin decirle a nadie, sabedor de las orejas que había en la policía. Cuando lo puso tras las rejas, también le informó al Delegado y Licenciado Arturo Ochoa Palacios y éste al Procurador, entonces el Maestro Jorge Carpizo.

A Francisco Arellano lo trasladaron en avión especial para encarcelarlo en Almoloya. Loza Parra se volvió famoso no por eso sino porque meses después ordenó videograbar el asesinato del candidato presidencial y Licenciado Luis Donaldo Colosio en Tijuana. Se retiró e instaló un negocio. Al delegado Ochoa lo asesinaron cuando realizaba su trote matutino y el Maestro Carpizo está en la Universidad Nacional Autónoma de México. Total, una casualidad pudo más que una persecución internacional con todos los adelantos técnicos.

En diciembre del 98, durante la gira del Presidente Zedillo por Ensenada, un funcionario federal de mucha importancia me sentenció muy serio “el próximo año vamos a capturar a los Arellano”. Y este enero un agente norteamericano comisionado en San Diego, California, me anunció lo mismo y de paso me comentó el fracaso de la recompensa.

No se lo dije, pero creo más en el poder de información que los Arellano tienen para impedir su captura, gracias a que siguen sobornando a ciertos policías mexicanos y norteamericanos. También creo que solamente una casualidad permitirá detenerlos... igual que a Francisco.

Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 19 de enero de  1999; propiedad de Jesús Blancornelas.


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