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El divo

Artífice de emociones

San Diego sucumbió a la celebración por los 30 años de carrera de Miguel Bosé, donde su público lo ovacionó de principio a fin, en el concierto que ofreció en el Cox Arena.

Juan Carlos Domínguez

El público tijuanense -aunque en territorio norteamericano- vivió junto con Miguel Bosé los últimos momentos de su gira “Papitour”, que habrá de concluir los primeros días de abril en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Antes, en el compás de espera previo a sus presentaciones en Los Ángeles, San Diego y Miami, en los Estados Unidos, el español se dio tiempo para cantarle a la familia Hank y 500 invitados en una fiesta privada, a propósito del cumpleaños de la ex Primera Dama de Tijuana. El resto de los mortales esperaron a la presentación que el intérprete brindó el domingo 2 de marzo en el Cox Arena, del otro lado de la frontera.

De viaje con Bosé

Con todas las localidades vendidas y alrededor de siete mil asistentes, entre adultos jóvenes -en su mayoría parejas- y numerosos grupos conformados por muchachas y sus respectivas madres, algunas hasta con la nieta, explayaron por fin su ansiedad cuando a las 7:30 de la noche se apagaron las luces del auditorio ubicado en los terrenos de la Universidad de San Diego, dejándose oír entremezclados los murmullos grabados del tema  “Amazonas” y los acordes de “Duende”. Como siluetas fueron emergiendo cinco músicos y dos coristas, a paso lento. Y finalmente,  la figura esperada, Bosé, ataviada en traje negro, al frente y en la parte más elevada del escenario, interpretaba “Sereno” como el prólogo musical que sería todo, menos eso.

Un “¡Arriba!” gritó el artista para ir prendiendo los ánimos, seguido de “Duende”, que las mujeres, siempre las más sueltas, fueron siguiendo en su coreografía con las palmas de las manos extendidas, igual que hace 15 años. En el escenario su grupo hacía lo propio. Las coristas lucían trajes oscuros estilizados y los músicos fueron más agresivos, envueltos en prendas de piel y algunos sin camisa; mientras Bosé dio un giro sobre su propio eje, como bailarina de ballet, para continuar con “Nena”.

“¡Buenas  noches San Diego! -saludó el cantante-. Bienvenidos a esta celebración que va a ser grande, a esto que hemos construido juntos desde hace 30 años, que es mi carrera”. Una vez invitados sus seguidores al festejo, advirtió las condiciones del viaje a lo largo y ancho del tiempo: “Vamos a ir hacia atrás, hasta lugares que ya ni recordaban, para todos los gustos, para todas las preferencias”. Entonces cantó “El Hijo del Capitán Trueno”: “Nunca fue un hijo digno del padre, salió poeta y no una fiera… no quiso nunca ser marinero… no se embarcaba en aventuras… levantaba dudas…”. Sin duda, un tema muy autobiográfico.

“¡San Diego qué quieres que te dé… ¡qué quieres que te dé!”, repitió hasta en tres ocasiones. “¡Te voy a dar ‘¡Bambú’!”, dijo en referencia a uno de los temas más coreados y con un arreglo roquero.

Miguel se quitó el saco, lo arrojó hacia atrás, las mujeres gritaron y él se quedó en camisa, dejando ver su vientre abultado.  El escenario, aparentemente sencillo pero muy vanguardista, a base de estructuras de metal que se teñían con luces de todos colores, se transformó en rojo, para dar paso a “Gulliver”, un canto de desesperanza y resignación contenido en su álbum “Sereno”.

Con “Sevilla”, Bosé hizo gala de sus movimientos dancísticos, caminando lento de un lado a otro del escenario, con pasos y desplantes de bailaora -bailaora, no bailaor- de flamenco, sin perder ni un instante el arte estilizado y elegante que siempre le ha caracterizado. Muy participativos también sus músicos y coristas, que con “Mirarte” iban y venían junto con él por todo el escenario, luego se alinearon al frente y terminaron todos tirados en el suelo, con Miguel bien abrazado al torso desnudo de uno de sus guitarristas.

Después se hizo presente un silencio total, breve, para dar paso al sonido estrepitoso de “Partisano”, un canto antibélico para cerrar el primer capítulo, el más agitado, de la esperada velada: “¡Bien! Ha llegado el momento justo y exacto para cumplir las promesas”, adelantó el intérprete de “Salamandra”.

Recuerdos al vuelo

“Las canciones son como una caja de recuerdos, de momentos, de perfumes…”, tal declaración dio pie al capítulo nostálgico el cantautor hispano, como siempre lo ha hecho en sus conciertos, desde el “Directo 90”. Pero esta vez con especial emotividad, por 30 años de trayectoria y la celebración que se deja escuchar en su disco “Papito”, el que más ha vendido en su carrera. “Dejen que todo lo que esté dentro de esta caja vuele, vuele libre… limpio… puro…”. Y sonaron las teclas del piano, sólo eso.

La audiencia tardaba en reconocer el tema; apenas lo hicieron, soltaron los aplausos. Mientras tanto, Bosé se apreciaba sereno, sentado sobre unas escaleras; y ahora sí, las ovaciones a todo lo que dieron, apenas empezó a interpretar “Amiga”. Las frases extasiaban a la concurrencia: “… y el universo era pequeño para todo lo que éramos tu y yo…”.

Siguió el repertorio de aquellos primeros años: el amor edípico en “Teorema”, la fe ciega en “Creo en Ti”, el pop ramplón setentero en “Morir de Amor” y el momento más lúbrico y meloso con “Linda”, primer éxito que le abrió las puertas de Latinoamérica.

Entonces él, como buen artífice de las emociones, hizo la pausa necesaria para que el público soltara las ovaciones que ya tenían contenidas, dado el sentimental momento. Fue entonces cuando Miguel dedicó “Te Amaré” muy especialmente a los asistentes.

Así siguieron llegando los recuerdos y la sensación se remontaba a un tiempo milenario, con la virtud de un Miguel Bosé que no ha envejecido a sus 51 años de edad.

Casi todo el Cox Arena se entregó al baile con “Los Chicos No Lloran” en versión muy rítmica,  pues los temas anteriores ya significaban demasiada nostalgia. El cantante presentó a cada miembro de su staff, pidiendo aplausos para cada uno, desde los músicos hasta los técnicos, para rematar con el público: “¡Y para San Diego! ¡Y  para la madre que los parió a todos!”. Por cierto, como que Miguel Bosé nunca reparó que eran tijuanenses todos los presentes.

El tono más sexoso lo puso “Morena Mía”, sin Julieta Venegas haciendo dupla -aunque nadie extrañó los duetos de “Papito”-, y con las imágenes de un viejo video proyectado de fondo, con Miguel Bosé de pelo largo y más esbelto. Como parte del baile, el intérprete se golpeaba la cadera y el trasero, y al público le caía en gracia.

En tanto que “Como un Lobo” fue de los temas que más entusiasmo suscitó, alcanzando el clímax cuando el cantante hizo un trío interpretativo con sus coristas; los tres muy coordinados, muy integrados. Le sucedió un poco más de romanticismo, pero de lo más actual, con “Si Tú No Vuelves”; posteriormente llegaría el canto de paz con “Nada Particular”, melodía realzada con luces amarillas iluminando de frente a todo el público, quienes agitaban las manos en alto, como presagio ya de un adiós. “¡Canta San Diego… y nunca dejes de cantar!”, fue la invitación de Bosé.

Miguel pródigo

La separación apenas duró cinco minutos, pues Miguel sólo cambió su camisa negra por una blanca y holanuda para ofrecer “La Belleza”, una de las canciones poco conocidas del cantautor, seguida de otra por el estilo que convirtió el momento en el capítulo más flojo de la noche. Pero la cosa se volvió a prender, ¡y de qué manera!, con “Amante Bandido”, que puso de pie a todo el mundo. La gente estaba muy contenta, y Bosé, arriba del escenario, igual; coqueteando, acariciando, jugueteando con sus músicos.
El ánimo se mantuvo en el mismo nivel de entrega con “Nena”, nuevamente pero en versión más bailable. El cantante se despidió,  pero, muy pródigo, hubo de regresar por tercera ocasión para entonar precisamente la sutil ironía anti yanqui de “Sol Forastero”: “… pero qué mito, hey, qué barras ni qué estrellas, de qué me hablas chica, mira qué te ciegas…”, mientras en las pantallas se proyectaba la bandera estadounidense y Bosé se despedía de los sandieguinos (no de los tijuanenses): “¡Te quiero, San Diego… hasta siempre!”.


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