En Villa Floresta cien militares se enfrentaron a dos presuntos secuestradores.
Muchos balazos… para un detenido
Durante seis horas tijuanenses se apertrecharon en sus hogares. Se tiraron al piso. Se escondieron de la bala perdida. Perdieron el sueño y vivieron horas de terror. Otra balacera en una zona residencial de La Mesa. No hubo bajas inocentes. Pero la duración del enfrentamiento y el número de delincuentes, deja ver la falta de una estrategia para combatir este tipo de desafíos.
Francisco Sandoval Alarcón
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Doña Jesusa cuando cuatro detonaciones de arma sacudieron su pequeña casa localizada en la calle Jícama del Fraccionamiento Villa Floresta.
“Estaba lavando trastes y al escuchar los disparos me tiré al suelo. Sentí mucho miedo”, relata la mujer, quien la noche del domingo y madrugada del lunes tres de marzo no pudo conciliar el sueño a consecuencia de una balacera registrada a 30 metros de su modesto hogar.
Doña Jesusa no fue la única que no concilió el sueño esa noche. Todos los vecinos de su colonia, sin excepción, la pasaron en vela. “Angustiados” por lo que estaba ocurriendo frente a sus viviendas. Por espacio de seis horas con 45 minutos, dos secuestradores, armados con más de 40 rifles de asalto (aun cuando oficialmente se reportaron 16 armas decomisadas) se enfrentaron a balazos con cerca de 100 efectivos del Ejército Mexicano.
Apenas dos días antes, en el domicilio marcado con el 605 de esa misma calle, elementos de la Policía Federal Preventiva (PFP) rescataron con vida al hijo del ex líder municipal del PAN, Víctor Laguna Ruiz, quien había sido secuestrado el 25 de febrero.
Durante el operativo de rescate los agentes capturaron a Gerardo Martínez Rivera, de 36 años; Efrén Ponce Vargas de 29 y Francisco Javier Martínez Loera, de 20, a quienes les decomisaron varias armas y uniformes con insignias de la AFI.
Hasta las nueve de la noche del domingo dos de marzo todo era “tranquilidad” en Villa Floresta. En una de las casas de la calle Jícama hasta se celebraba una “pijamada” de adolescentes que despreocupados como debe ser a su edad, corrían de un lugar a otro por el inmueble.
Mientras la fiesta casera se desarrollaba, un grupo de militares pertenecientes a las tropas regulares, se desplegaban por rincones aledaños a la vivienda marcada con el 546. La orden de los uniformados fue clara: Reventar una “casa de seguridad” vinculada con secuestradores del Cártel Arellano Félix (CAF).
De acuerdo con funcionarios de la Procuraduría General de la República (PGR), el inmueble, vinculado con la casa de secuestradores “reventada” el viernes 29 de febrero, pertenecía a una célula de “narcoplagiarios” relacionados con Filiberto Parra Ramos “La Perra” y Raydel Velarde Solís “El Muletas”, operadores directos de Eduardo García Simental “El Teo” o “El Tres Letras”.
Sigilosos, los militares vigilaban la casa por fuera. Resguardaron la zona pero no la evacuaron aunque tuvieron tiempo para hacerlo. Un segundo grupo de militares, pertenecientes a las Fuerzas Especiales llegó al lugar. Se colocaron estratégicamente en las inmediaciones del lugar para cumplir la orden.
A las 10:15 de la noche, justo al momento en que Doña Jesusa lavaba los trastes y el grupo de jóvenes se divertía en su pijamada, se escucharon los primeros disparos. Los secuestradores notaron la presencia de los militares. Las detonaciones acabaron con la tranquilidad, la fiesta y el sueño de los vecinos de Villa Floresta.
“Se escucharon varios disparos y lo que hicimos fue tirarnos al piso. Nuestros hijos y sus amigos también hicieron lo mismo”, comentó el padre de los adolescentes que en esos momentos realizaban la “pijamada”. Casi a rastras el hombre salió al patio de la casa para proteger a los muchachos.
“Al principio se escucharon cuatro detonaciones. En esos momentos pensé que eran cohetes y hasta creí que me los estaba imaginando, pero después me di cuenta que había militares por todos lados”, platicó a ZETA una vecina que por miedo a represalias, solicitó el anonimato.
Eso no fue todo. Una vez que observó a los militares moverse estratégicamente de un lugar a otro, tal como ocurre en las películas de guerra, la mujer corrió azorada a su habitación para protegerse de alguna bala perdida.
“En el cuarto traté de dormir pero no podía porque se escucha todo. Por espacio de 30 minutos los balazos eran constantes. Algunos eran más fuertes que otros. Pero como a las 11 y media, más o menos, los balazos fueron espaciados.
“Por ahí de las 12 de la noche escuché movimiento de carros. Por curiosidad me asomé por la ventana del cuarto y me di cuenta que habían llegado más militares y policías federales. Lo recuerdo bien porque cuando me asomaba se escucharon más balazos y lo que hice fue tirarme al piso”.
A la mujer, quien apenas el viernes 29 de febrero presenció el operativo de rescate en el 605 de la calle Jícama, no se le hizo extraño que los militares llegaran a la casa marcada con el 546, en donde era común la presencia de tipos “mal encarados”, quienes además conducían vehículos sin placas o con matrículas del Distrito Federal.
La familia de Alberto, vecino del lugar, igual se tiró al piso al escuchar la “tracatera”. La estrategia de defensa ya había sido estudiada. Con el presentimiento que empieza a ser un rasgo particular del tijuanense, el hombre de familia había recomendado meses atrás a su esposa y sus dos hijas, de 17 y 18 años de edad, que se protegieran al momento de escuchar alguna detonación de arma.
“En esa ocasión yo le pedí a mi esposa e hijas que por la situación que estamos atravesando en la ciudad se imginaran que estamos en una zona sísmica. ¿Qué es lo que hacen las personas al momento de un temblor? Se protegen en áreas seguras. Sin embargo en esa ocasión les pedí que cuando escucharan detonaciones de armas se tiraran al suelo y se protegieran como si se tratara de un temblor.
“Cuando se los comenté me tiraron a loco, pero el domingo por la noche me di cuenta que sí me hicieron caso porque mi hija al escuchar la balacera se tiró al suelo y se fue arrastrando hasta su cuarto”.
A decir del propio Alberto el momento más crítico se registró alrededor de la una y media de la mañana del lunes cuando se oyó “una detonación muy fuerte” que cimbró su casa y provocó angustia entre los de por sí aterrorizados vecinos. El origen del estruendo fue una bomba de gas lacrimógeno que los militares arrojaron a la “casa de seguridad” para tener acceso a ella. Pero los secuestradores resistieron el embate militar; vaya, contaban con máscaras especiales para resistir el gas.
Eran ya las tres de la mañana y los vecinos de Villa Floresta no podían dormir. A esa hora sólo un grupo de reporteros se encontraban a una cuadra de la balacera, era evidente que no pretendían acercarse demasiado a la zona de conflicto.
Cinco horas de disparos tupidos y los militares seguían sin poder ingresar a la vivienda.
“¡Detrás del tope, detrás del tope!”, gritó un soldado a uno de los reporteros que buscaba fotografiar a un grupo de militares que vigilaban el acceso a la calle Jícama.
Una hora antes, una ambulancia de la Cruz Roja había ingresado al epicentro de la gresca para atender a uno de los soldados que resultó herido durante el enfrentamiento. El reporte de los propios militares: Una herida menor en una mejilla.
A dos cuadras de ahí, sobre el Boulevard Las Fuentes, Policías Federales revisaban los vehículos que se acercaban a la zona. Buscaban un taxi libre en el que presuntamente habían escapado dos secuestradores que se encontraban en la “casa”, así como a los tripulantes de un carro blanco tipo sedán que se habían acercado en varias ocasiones durante lo más álgido del tiroteo. Al final, para variar, no encontraron nada.
De las tres a las cuatro de la mañana la Avenida Jícama y calles circunvecinas se hundieron en un silencio sepulcral. Sólo se percibían los ladridos de algunos perros o las sirenas de las patrullas municipales que en esos momentos cuidaban el boulevard Agua Caliente.
A decir de uno de los militares que participaron en el operativo, en este dispositivo actuaron “de manera diferente a la balacera de La Cúpula”, pues la estrategia en esta ocasión fue esperar a que amaneciera para tener mayor claridad en sus acciones. De ahí, justificó que los soldados quienes superaban en número a los secuestradores, accionaran sus armas sólo en caso necesario.
Cuando el reloj marcaba las cuatro horas con 10 minutos, el silencio del crimen se rompió a consecuencia de una nueva lluvia de balas. Los soldados se movieron sigilosamente por la calle, mientras otros se pegaron como moscas a las bardas y paredes para no ser alcanzados por los proyectiles.
Luego de 60 segundos, de nueva cuenta, nada. Así hasta las cuatro de la mañana con 50 minutos, cuando el día clareó y militares y secuestradores sostuvieron la última ronda.
Fue en este intercambio de plomo donde un secuestrador murió a consecuencia del disparo recibido en la tetilla izquierda. De seguro le atravesó el corazón.
Mientras su compañero se desangraba, el segundo secuestrador y supuesto líder de la célula, Mario Montemayor Covarrubias, tuvo tiempo para arrojar su arma y esposarse. Quería que lo confundieran con una víctima.
Sin embargo, faltando un minuto para las cinco de la mañana, por fin los soldados ingresaron a la “casa de seguridad” para capturar a Covarrubias y, de paso, rescatar al hijo de un empresario tijuanense que llevaba varios días en cautiverio.
En el interior de la vivienda soldados encontraron un arsenal de guerra: nueve fusiles AK-47, también conocidos como “cuerno de chivo”; un fusil calibre 5.56; dos fusiles calibre .223; una carabina ruger, calibre .223; dos escopetas calibre .12; un subfusil calibre 9 milímetros; una ametralladora calibre .45; una pistola calibre 9 milímetros, así como más de mil cartuchos útiles de diferentes calibres.
También hallaron dos máscaras antigás; calcomanías pertenecientes a la PGR, a la PGJE y a la AFI; ropa de diferentes corporaciones policiacas; 10 cascos antifragmento; tres pasamontañas y dos placas de metal de la Policía Judicial.
Para las nueve de la mañana del lunes, mientras Tijuana comenzaba la semana de rutina, los vecinos de Villa Floresta seguían metidos en sus casas. Aunque el peligro había pasado, los militares seguían sin permitir el acceso o salida de la calle Jícama.
Justo a esa hora un joven, quien conducía un automóvil oscuro sin placas de circulación y con el narcocorrido de “La Cúpula” a todo volumen, intentó cruzar el escudo militar sin mucho éxito. “¡Se tiene que regresar!”, ordenó el soldado. El conductor obedeció sin chistar.
A pocos metros de ahí, sobre el bulevar Las Fuentes, un vehículo blanco con placas del Distrito Federal circulaba lento. Lo tripulaban cuatro jovencitos de entre 18 y 20 años, acompañados por una adolescente. Quizás fue el morbo natural de la edad, pero el caso es que los curiosos se detuvieron tres segundos para observar el retén que, al igual, no les quitaba el ojo de encima.
La balacera había terminado. Muchos militares, muchos policías para tan poco detenido. Dos delincuentes se enfrentaron durante horas a cien agentes del orden entre militares y federales. Evidentemente, algo anda mal en la estrategia.+ |