Leyendas de Francisco Luna
“Historia Regional de la Infancia” es el nuevo título de “Paco Moon”. Publicado por Oasis Editorial, el poemario cuenta la historia de personajes del barrio El Mariachi, situado en Hermosillo, Sonora.
Enrique Mendoza Hernández
Mejor poeta que jaranero, Francisco Luna presentó, en días recientes, su nuevo título en la Antigua Bodega de Papel. Mientras los tugurios de “mala muerte” hacían de las suyas en la devaluada Avenida Revolución, “Paco Moon” leía las leyendas de El Mariachi y un beisbolista famoso, de allá del meritito desierto de Sonora.
“Es la historia de mi barrio a través de mis amigos, es mi propia historia”, prologa el autor para luego disponerse a subir al púlpito de La Bodega, y convidar de viva voz sus leyendas convertidas en poesía a las dos decenas de escritores congregados.
Bigote y melena más grises que negros, chamarra azul y lentes rectangulares, boina negra y pantalón de mezclilla azul, el autor empieza a dar lectura a sus poemas desde su voz carraspera:
“Qué tiene. Qué liace, socio. / Lo apodamos el Ted, por ganarse el mote / con la túrica, lo tendido y madrugador. /Teodoro Fimbres. El adorador de Dios. / Torombolo. El chico inquieto de la historieta”, leía Luna en “Torombolo”, mientras apagaba el fuego que emanaba de su mano derecha.
Y así, el poeta cuenta leyendas poéticas lo mismo de Ismael Castillo Aguiñaga, “El Tortugón”, o bien de “Chuy Long”, Paulino Montes y “Cananá”, entre otros.
“El Róber” no se había equivocado en la presentación a Paco Moon:
“… desde el mariashi el paco luna salió aventando metáforas como písher, tirando rectas y colas de coshi por las calles y callejones oscuros, hiperactivo viandante de los recovecos y las avenidas anchas de Hermosillo…”.
Y es que en tierras desérticas, el “beis” es punto de referencia. El barrio de “El Mariachi” así lo atestigua, al menos en la obra del poeta en “Mercado”, leyenda invitada a propósito de Ismael:
“Ismael Mercado Andrews. Tipo de / armas tomar en cosas raras como / el lenguaje; y de cuidado, cuando / los bálsamos de Terpsicore lo embrujan / y con lances bien acá en la tercera base / giros y colores que se arremolinan / sobreviene -sobrevive- sobreva, / resbala y levanta su ánimo / y el de todos los aficionados al beisbol / que festejan sus piruetas / y arrebatos como tochos los batos”.
El poeta hermosillense rescata la oralidad de los barrios propios del Noroeste. Por sus leyendas-poemas desfila todo un léxico que bien puede armarse un diccionario de regionalismos:
“créisi”, “cochito”, “picap”, “pelucha”, “dogos”, “játdogs”, “jabea”, “taiming”, “parigüelo”, “chaka”, “tochos”, “shaineado”, “túrica”; y así sucesivamente las palabras van reclamando un lugar en la fertilidad del desierto.
Pero obviamente todo este vocabulario no tendría el mismo efecto sin el contexto poético que Francisco Luna explota en su obra. Por eso vale más escuchar la música y su ritmo desde la propuesta poética de Paco Moon:
“José Luis Peraza, el más chico de los tres / Filder y cátcher en el line-up / de las leyendas que figuran en el sagrario / de la Inmaculada Virgen María. / Madre protectora de cochitos y mariguanitos. / ¡Salven tu alma las pelotas de basket / y de beisbol! ¡Salve el triunfo / de los presos frente a la libertad / de los pendejos, Joe Peraza! / Aceitunas, yesca olorosa y cervezas / broten del molino harinero para / curar la maldad de los sobrios / y petulantes gañanes de la liga Bancaria”, lee sobre el título “El Joe Peraza”, a propósito de los tres hermanos del mismo apelativo.
Luna “rinde con este libro un homenaje a personajes que habitaron y conviven en el popular barrio ‘El Mariachi’ de la capital sonorense”, dice a ZETA Raúl Acevedo Savín, quien coordina Oasis Editorial.
En efecto se trata de 22 personalidades, en las cuales Paco Moon basa sus letras. Recapitulando, en el libro habitan los personajes homónimos a los títulos de los poemas, entre ellos Chéckali y Alonso, Ernie Terán y Torombolo, Tortugón y Chuy Long. También Palino Montes, Cananá y Mercado; El Kali, Manuel María y El Campanas. Paco Moon no se olvidó de El Loco Morales ni de El Chachana; tampoco de El Chato, El Chapo y El Joe, los tres Peraza. Tampoco se olvidó de El Ruly, ni de El Henry. Mucho menos excluyó a El Teco ni El Cachi, ni a Héctor Espino González.
El poeta del desierto
Francisco Luna (Hermosillo, Sonora, México, 1956) ha publicado su obra en revistas tanto nacionales como del extranjero. Sus cuentos y poemas han sido traducidos a los idiomas inglés y alemán. Es reconocido también por sus ensayos “Tres de Asada” y “La Cruz de la Parroquia”. “Es una de las voces poéticas más consolidadas del Norte de México, hoy”, apunta Oasis Editorial.
“Misa Cantada”, “El Polvo que Tú Levantas” y “La Silueta del Colibrí”, son algunos de los títulos en los que plasma su obra.
Roberto Castillo Udiarte evoca los ayeres de Francisco Luna, de cómo va y viene a Hermosillo, Sonora.
“… muy pronto le quedó shica la ciudá y se fue pal deefe, se fue pa túson, y se licenció en psicologías, maestró y doctoró en literaturas e historias de otros pueblos lejanos cargando con sus tortillas sobaqueras sonorenses”, cuenta El Róber.
“.. y el Paco regresó con la Mary, con Ramoncito y la silenciosa Coral, y se puso a escribir poemas largos y jaikús, crónicas deportistas e historias de la cultura del bacanora, la mashaca y las noshes del játdog, paskola y palos de fierro, cuentos de la campana y la cruz del norte, ‘ora el silencio del desierto se rompe cada vez que el Paco se etiliza con la poesía que nació para ser cantada, no para ser escrita, porque su evangelio es la literatura y las historias de su barrio, del mariashi, donde los héroes cotidianos suben al rango de héroes mitológicos”, reseña Castillo a propósito de “Historia Regional de la Infancia”.
Ya encarrerado, al Róber no hay quien le quite el micrófono cuando de presentar a algún poeta se trate. Por eso se atreve a reseñar sin parar mientras el humo de sus cigarrillos es testigo de las proezas de Paco Moon:
“.. y así, el Paco sustituye a Homero y da ritmo a las hazañas de sus compas, y como Noé del desierto, renombra a los seres que lo rodean, bautiza a los pensamientos y las realidades que descubre en esquinas, en el Sevenileven milenario, en el pluma blanca y en el gandarita, en los corredores largos de la Unison y en los aguajes de los barrios, y orgulloso avienta por las calles de perros asoliados sus libros, sus canciones, sus caséts, sus radiodramas, sus performas naturales: tres de asada y uno de mashaca pa llevar, la cruz de la parroquia, misa cantada, la silueta del colibrí, el popol blues, el agua de cora…”.
“…el Pacomún, el insomne del desierto y los laberintos urbanos nortenses, el piropero mayor entre los enamoradores de las palabras bonitas, quien con su jarana centenaria canta a ronca voz a sor juana y gorostiza; el paco luna, maestro del fogonazo y el apagón, el aluminiopac, los brebajes medievales de la alquimia del verbo y la yesca nocturna, el ocurrente de las palabras que saltan como liebres alucinadas, promotor de las metáforas cuerno de shivo y la estética del pavimento; el Paco, autor inigualable de la ‘Historia Regional de la Infancia’”.
La Antigua Bodega de Papel fue el lugar idóneo para escuchar-digerir la obra del poeta hermosillense. Ahí se dieron cita Armando Vidal “El Gume”, el anfitrión; además de Daniel Charles Thomas y Roberto Castillo, entre otros.
También Alfonso García Cortez bebía de la misma obra. En su turno, “El Poncho” reseñó:
“Tras los poemas de ‘Historia Regional de la Infancia´ bullen, como el menudo mondragón, los cerros del barrio del Mariachi: prohijador de personajes inusitados y memorables que se congregan en este simposio poético y memorioso cuyo lenguaje, cuando hace falta, se vuelve olímpico, liróforo, caguamújulo y puede que hasta ultrapédico, lleno de referencias rockeras, beisboleras, leyendas y autoctonía. Poemas llenos de gozo y de ternura, llenos de una bondad infinita y bravera como sólo un hijo de allí mismo, andariego sin cachucha que suda la ternura en la sequedad de los gestos, es capaz de enunciar en este canto de amor y de homenaje al solar”.
A propósito, Raúl Acevedo Savín, responsable del Encuentro Hispanoamericano de Escritores “Horas de Junio”, también escribe acerca del poeta del desierto:
“Con su estilo definido y característico, a través de su lenguaje cotidiano, nos sumerge y traslada a las actualidades de personajes que viven y de los que también alguna vez caminaron por las calles del barrio de su infancia. El libro es también un homenaje a los historiadores ‘líricos’ de la capital sonorense. Francisco Luna, afiche de las malas horas, es sin duda una de esas voces que le dan sentido a la condición norteña. Es gracias a su poesía que se ha logrado acuñar una conciencia de la cultura norteña más allá de la anécdota. En Francisco Luna el síndrome del desierto es una realidad que se vive entre el trafique del lenguaje y la parábola del citadino”.
Aquella noche La Antigua Bodega de Papel no sólo fue testigo de la obra de Francisco Luna; también marcó la hora en la que a la poesía le siguió la otra poesía:
Y después de leer su obra, el “apaga-fuegos” empezó a rascar poesía desde su jarana, a ritmo de son jarocho.
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