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Igual…pero diferente

Contrariedadez | Raúl Paredes y Hernández

Mire, cuando llega Usted a una ciudad europea, luego luego se da Usted cuenta, es igualita que Tijuana…pero diferente.

Usted “se da color” por varias razones: la primera, es porque ha estado arriba de un vehículo por más de catorce horas. Sí, ya sé, podría ser un autobús, pero en tan penoso caso estaría Usted llegando a Guamúchil y al asomarse a la ventana, inmediatamente sabría que estaba en alguna parte de México por la cantidad de puestos de tacos alrededor de la terminal. Otra forma de darse cuenta es porque su transporte está rodeado por aeronaves similares a la que está Usted montado y las letras adosadas al edificio son iguales a éstas con las que yo le platico mis contrariedadez. Así es que cuando después de catorce horas de vuelo leo a través de la ventana “PRAHA” deduzco que llegué a mi destino, aunque hubiera preferido que dijera PRAGA, como Usted y yo la conocemos; pero deben andar cortos de Ges.

Esto me dio mala espina.

Me dije –“No voy a entender ni m….”;  y tuve razón…

Mire, para que se “dé un quemón”, la parte turística de la ciudad se puede considerar dividida en cuatro zonas: la del Castillo de Praga, el Barrio Pequeño, la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva; entre las dos primeras y las dos últimas cruza un río, igual que en Tijuana, pero diferente. Bueno, al río le llaman Moldava y lo escriben Vltava, al castillo le llaman Pazsky hrad; a la pequeña, Mala Strana; a la vieja, Stare Mesto y a la nueva, Nove Mesto. No vaya a creer  que nomás así, no, con acentos dondequiera, y en sentido contrario, por lo que no los puedo escribir aquí y unos como gorritos invertidos sobre vocales o consonantes, que no recuerdo cómo se llaman, ni cómo afectan a la pronunciación, y que tampoco tiene mi teclado por lo que no puedo entrar en más detalles y ahí se los dejo para que se dé una idea. Nuestro hotel estaba en Strasnika; con acento en la segunda a, pero al revés; esto ha de querer decir “dónde el gato dejó las botas”, porque estaba como a 50 minutos del aeropuerto.

Una vez cubiertos los trámites de inmigración al país, recogimos las maletas, que afortunadamente coincidieron con las nuestras, y compartiendo un “minibús” con un gringo inculto –pero rico– enfilamos al hotel. El gringo, de Florida, quiso presumirle al “checo” de su clima e hizo una ensalada con los grados Celsius y los Fahrenheit a tal grado que si no pronuncia la palabra “Florida”, hubiera Usted jurado que venía de Mexicali en agosto.

Para esto eran las 9 de la mañana y en nuestro hotel no nos permitieron ocupar nuestra habitación hasta las dos de la tarde por lo que optamos, una vez registrados y aseados por encimita, enfilarnos a conocer la ciudad auxiliados con un mapa y la cartera con algunos dolarillos que, después descubrimos, no tienen nada que hacer junto a los euros que son los que verdaderamente “rifan”…

Ya con las “coronas” en la mano –monedas, no cervezas– nos dirigimos a una próxima estación del metro a tratar de adivinar cuánto costaba y hasta dónde nos llevaría. Abordamos y nos bajamos en una estación Mustek, después de la de Muzeum, que de ahí en adelante se convirtió en nuestro “centro de operaciones” en Praga; para todo recorrido era nuestra estación “piloto”. Caminamos rumbo al museo principal hasta la plaza de San Wenceslao (que le dicen Vaclavske namesti –con acentos y gorritos por todas partes) y es el centro de reunión de todos los turistas.

Junto al museo –Národní muzeum–, adornado con unos piececitos de colores que suben por la fachada, como los que usó el licenciado Gastélum en su campaña para diputado, se encuentra el edificio estatal de la ópera –Stáiní opera– y aprovechamos para comprar boletos para la función nocturna del viernes con la representación de “Carmen”. Ya entrados en gastos y decididos a no perder el tiempo de las vacaciones, nos enfilamos a la estación central de trenes –Hlavní nádrazí– junto al edificio de la ópera y adquirimos un camarote para viajar a Budapest la misma noche del viernes, después de la función. El recorrido entre los dos edificios fue espeluznante: aún de día pero en obras, caminamos por unos pasadizos con algunos jóvenes entregados al sano placer de fumar alguna yerba exótica, inyectarse algunas vitaminas y efectuar pintas de bardas y pisos en maravilloso technicolor. Mi mujer casi muere de angustia…

De ahí…a comer. Pero, ¿y qué comeremos?

Mire, frente al museo existe un McDonald’s, pero no hemos caído tan bajo…el único ser viviente que conozco se haya atrevido a pedir un taco en dicho repugnante lugar es el doctor Escobar, pero es que viene de Durango y le hastiaron los buenos cortes de carne y el queso asadero.
Nos decidimos por un restaurante, sobrio, moderno y entresolado; nos entregaron una carta, afortunadamente traducida al inglés, de la que escogimos sopa de cebolla, ravioles para la Yoli y una pierna para mí (de cerdo rostizada). Dos vasononones de cerveza cuestan 10 coronas; un vasito con agua 6…
La sopa realmente buena, aunque a mí me gusta el pan tostado al fondo del tazón y queso parmesano espolvoreado en exceso. Los ravioles igualmente buenos –porque probé uno– y mi pierna –la del cerdo– superior y ¡enorme! Estaba tan grande que quise compartirla pero cuando me acerqué a nuestras vecinitas de mesa, lo impidió de inmediato mi compañera de viaje y cónyuge.

Esto fue todo por el primer día.

Al entrar a la habitación descubrimos una tele con cinco canales activados: uno de futbol –¡claro! –, otro en “checo” –creo–, otro en italiano, de chismes de artistas; uno en inglés, CNN y otro en español, de España; puras noticias…

Esperé a ver si decían de algún muerto en Tijuana, pero no…

El Ingeniero Civil Raúl Paredes y Hernández, reside en Tijuana, B.C. Correo electrónico: raul3824@prodigy.net.mx


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