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Un gabinete equivocado

Diego Valadés

La composición del gabinete presidencial muestra que no se tiene una perspectiva muy clara acerca de la función de ese instrumento del poder en un sistema democrático. En términos generales el gabinete presenta al menos dos deficiencias: su poca estatura política y su mínima representatividad.

La pequeñez del gabinete está a la vista. Si se analizan las posiciones de cada ministro con relación a las cuestiones cuya atención le incumbe, se verá que prevalecen las personas sin ideas, sin discurso, en algunos casos casi sin rostro. La mayor parte del gabinete vive en la penumbra. Tal vez, aunque es de dudar, sean hábiles y convincentes en sus acuerdos, pero no en su relación con nosotros los ciudadanos. Incluso los analistas que se identifican con todas las posiciones gubernamentales, tienen dificultades para argumentar a favor de los secretarios.

Otro problema de los secretarios, acaso de mayor importancia, es su escasa representatividad. Este fenómeno no siempre ha sido tan ostensible como en la actualidad. Aunque predominaron gabinetes desiguales, entre cuyos integrantes fueron frecuentes la corrupción y la incompetencia, durante décadas también hubo ministros que realizaron una tarea administrativa eficaz y que desempañaron una función política constructiva, aportando al presidente un puente de comunicación con diversos sectores de la vida nacional.

En los periodos postreros del partido hegemónico, los presidentes cambiaron la estrategia y prefirieron rodearse sólo de sus adeptos; de quienes no tenían otra fuerza política que la de pertenecer al círculo presidencial. Los presidentes llevaron así hasta sus máximas consecuencias un sistema constitucional que auspicia la concentración del poder y la irresponsabilidad política ante el Congreso. No se advirtió que el poder aislado e impune suele ser efímero. Lo sorprendente es que los dos gobiernos más recientes han reproducido los errores que llevaron al precipicio político a sus inmediatos predecesores. El desdén por la historia de las instituciones y la precaria formación política que prevalece entre los nuevos protagonistas, les ha impedido ver dónde estuvieron los aciertos y los errores de sus antecesores.

El Partido Nacional Revolucionario surgió como una especie de federación de partidos, y por largo tiempo practicó en su interior una política de equilibrios y de alianzas que le dio resultados. Sus corrientes políticas, radical, moderada y aun conservadora, tenían espacios variables en el poder. Los principales grupos políticos, los gremios, las regiones y las generaciones, se veían reflejados en el aparato de mando. Todos contribuían a fortalecer al presidente. Con el correr del tiempo, un pronunciado giro condujo a que la única corriente dominante fuera la del presidente. Esto sucedió cuando el poder presidencial todavía era mayoritario; la paradoja es que la misma actitud subsiste a pesar de que sólo se dispone de un apoyo electoral minoritario. Esto quizá se debe a que se confunden las elecciones con las encuestas.

Un gabinete mal configurado produce más problemas de los que resuelve. Por ejemplo, obliga al presidente a soportar una elevada carga mediática y dificulta la marcha de los asuntos públicos. Ahora mismo estamos viendo cómo la torpeza del secretario de agricultura ha obligado a suplirlo para no removerlo, y la rigidez del gabinete amenaza reducir las posibilidades de acuerdos que brinden un soporte político para las reformas necesarias y para las principales políticas públicas.

Incluso en países con una menor complejidad política que México, la concentración del poder es disfuncional. Por eso la solución constitucional más generalizada en los sistemas presidenciales, consiste en adoptar modalidades diversas de gobierno de gabinete. La fuerza de un gobierno está en disponer de una mayoría, propia o acordada, en el congreso. Un gobierno minoritario y con vocación aislacionista, refugiado en mecanismos propagandísticos, tiene muchas probabilidades de fracasar.

El gobierno dispone de un vigoroso aparato de comunicación, en medio de una progresiva polarización política. Es previsible que intente trasladar el costo de la parálisis institucional al Congreso y a los partidos, y que los mexicanos acabemos creyendo que la democracia no está hecha para nosotros, ni nosotros para la democracia.

Diego Valadés es Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
Correo: diegovalades@yahoo.com.mx


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