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Celebrar la pascua en Tijuana
Salvador Cisneros Gudiño
Todos los años, por Pascua, el pueblo de Israel debía acudir en peregrinación a Jerusalén, la ciudad santa, para volver a sus orígenes, para ser creado de nuevo, para recibir otra vez su salvación, su liberación y fundamento. Hay aquí una profunda sabiduría. A lo largo de un año, un pueblo se halla siempre en peligro de disgregarse, no sólo exteriormente, sino también desde dentro, y de perder así las bases interiores que lo sustentan y rigen. Tiene necesidad de volver a sus antiguos fundamentos.
La Pascua representaba este retorno anual, desde los peligros del caos que amenaza a todo pueblo hacia aquello que lo ha fundado y que continúa edificándolo, a su antigua defensa y a la renovación de sus orígenes. Y puesto que Israel sabía que sobre él brillaba la elección, era también consciente de que su buena o mala ventura traería consecuencias para el mundo entero, que en su existencia o en su fracaso se jugaba el destino de toda la tierra.
También Jesús celebró la Pascua conformándose al espíritu de esta prescripción: en casa, con su familia, con los apóstoles, que se habían convertido en su nueva familia.
Y así es como la Pascua ha venido a ser también una fiesta de los cristianos. Hoy nosotros somos familia de Jesús, sus compañeros de peregrinación, los amigos que con él recorremos el camino a través de la historia.
Esta fiesta de Pascua debería volver a ser hoy una fiesta de la ciudad, de un pueblo cuya fe religiosa es barrera y muralla contra las fuerzas amenazantes del caos, que se confabulan para destruirla. Sus murallas se hacen fuertes en virtud del signo de la sangre de Cristo, es decir, en virtud del amor que llega hasta el fin y que no conoce límites. Este amor es la potencia que lucha contra el caos; es la fuerza creadora que funda continuamente al mundo, los pueblos y las familias, y de este modo nos ofrece el lugar de la paz, en el que podemos vivir el uno con el otro, el uno para el otro, el uno proyectado hacia el otro.
Pascua es también fiesta de la familia, el auténtico dique puesto para defensa de la ciudad y de la humanidad. De manera que se renueve la familia como casa viviente, donde la humanidad crece y se vence al caos y la nada.
También la Pascua ha sido siempre, y sigue siendo hoy para todos, fiesta de peregrinación; también a nosotros nos dice que somos sólo huéspedes en la tierra; somos los huéspedes de Dios. Por eso nos exhorta a sentirnos hermanos de los emigrantes, porque nosotros mismos no somos otra cosa. El mismo Dios, que se hizo huésped y emigrante, nos pide que abramos nuestro corazón a todos aquellos que en este mundo han perdido la patria, la familia, la vida; espera de nosotros que nos pongamos a disposición de los que sufren, de los olvidados, de los encarcelados, de los perseguidos.
La Pascua nos recuerda que estamos tan sólo de paso en la tierra, y esto nos hace recordar nuestra más secreta y profunda condición de peregrinos; nos hace recordar que la tierra no es nuestra patria definitiva, que estamos en camino hacia el mundo nuevo, y que las cosas de la tierra no constituyen la realidad última y definitiva. Quien se zambulle en el mundo, aquel que ve en la tierra su único cielo y su última meta, la puede convertir en un infierno, porque la obliga a ser lo que no puede ser, porque quiere poseer en ella la realidad definitiva, y de esta suerte exige algo que le enfrenta consigo mismo, con la verdad y con los demás.
Nos hacemos libres justamente cuando tomamos conciencia de nuestro ser nómadas; es entonces cuando nos hacemos libres los unos para los otros, y es entonces también cuando se nos confía la responsabilidad de transformar la tierra, hasta que podamos un día depositarla en las manos de Dios.
Al final de la vida hemos de responder si hemos construido la paz, la patria, la familia y la ciudad.
Jesús no tuvo miedo al caos, no quiso esquivarlo, se adentró en él hasta lo más profundo, hasta las fauces mismas de la muerte. Creer significa salir también con Jesucristo, no temer. Creer significa salir fuera de los muros y, en medio de este mundo caótico crear espacios de vida y de amor, fundados en la fuerza de Dios. El Señor salió fuera: éste es el signo de su fuerza. Hoy nos invita a todos a andar el camino con él, la fuerza de la paz, que vence la nada y la muerte.
Monseñor Salvador Cisneros Gudiño, atiende la Iglesia Santa María
Estrella del Mar de Playas de Tijuana Correo electrónico: salcis@telnor.net
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