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Igual…pero diferente (sigue)

Contrariedadez | Raúl Paredes y Hernández

Usted sabrá disculparme por la interrupción del relato, pero los acontecimientos de las semanas anteriores me distrajeron; pero aquí sigue lo de Praga…
Los desayunos en Europa han cambiado. No piense Usted en encontrar huevos rancheros o menudo, pero entre el de café o chocolate con “croasans” (cuernos), mantequilla y mermeladita con el que me recibieron en mi primer viaje hace ya cuarenta años, al de corn fleis con yugur, embutidos, quesos, panes (croasans), café, chocolate y hasta jugo de naranja de hoy, hay mucha diferencia.

Mire, con el estómago entretenido y un poco descansados del viajesón, la emprendimos a conocer Praga. Ahora el recorrido no lo hicimos en metro ya que por el mismo boleto puede Usted viajar por superficie, en tranvía o autobús, y se lo venden por tiempo: 15 minutos, una hora, por un día, tres y  hasta por semana.

Como le platiqué el metro es limpio, rápido y puntual; igualmente los tranvías y los autobuses; como en Tijuana, pero diferente, ya que hay letreros en las paradas en los que se indican los números del transporte, la ruta, las estaciones y la hora a la que deben llegar a ellas, y llegan. En todos ellos le previenen contra los carteristas (Beware of pickpockets) en todos los idiomas, menos en español. Igual que en Tijuana…

Decidimos visitar una obra singular de arquitectura –Usted sabe que la Yoli era arquitecta, antes de ser política y yo, aunque ingeniero, me he contagiado con genes de arquitectura– y nos encaminamos a orillas del río Moldava en donde al maestro Frank O. Gehry –el del museo Guggenheim de Bilbao– se le ocurrió diseñar un edificio futurista que han llamado Casa Danzante (Tancící dum) el cual, para mi gusto, está fuera de todo contexto con lo que lo rodea, pero, en fin, la gente va a verlo y fotografiarlo y a eso fuimos nosotros también como buenos turistas; como si aquí no tuviéramos, igual de injustificado, el arco de la Revu que nos dejó el Quico (¿con K?) Vega.

Por ahí cerca cruza al río su famoso Puente de Piedra (Karluv most) al cual Carlos IV, según le cuentan a Usted los guías, fue a las 5:31 de la mañana, del 8 de julio de 1357, cuando sentó su primera base para la construcción, siguiendo el consejo de su astrólogo de cabecera. Tiene treinta estatuas –siete en el pretil izquierdo y veintitrés en el derecho, no me pregunte por qué– de las cuales todas, menos una, la de San Juan Nepomuceno –que hay que darle una sobadita cuando vaya–, son copias, pues las consideran tan valiosas que las tienen en otra parte. Como aquí hicieron con aquellos “forjadores de Tijuana” que colocó también el Quico frente al auditorio, ¿se acuerda? y que ahora no sabemos en dónde están…

Bueno, pues cruzamos al “Barrio Pequeño”, subimos al viejo Castillo Imperial, visitamos la catedral de San Vito, compramos algunos recuerditos y comimos en la calle Nerudova –que no es el mismo chileno que Usted y yo conocemos– y aquí comimos. El restaurante se llama Bonaparte. Malísimo, no vaya; Napoleón se hubiera sentido humillado al saber que le bautizaron con su nombre…

Vasononón de cerveza: 5 coronas; vasito con agua 6…

Regresamos “hechos la raya” al hotel a ponernos guapos para la ópera, a arreglar una maletita para el viaje a Budapest –planeado para después de la función– y salir disparados otra vez en el metro para llegar a tiempo. Así lo hicimos: dejamos la maleta en un casillero en la estación y regresamos, evadiendo a los malandrines, al edificio de la ópera.

El edificio es bonito, antiguo e ideal para dichas actividades, pero lo que fue extraordinario es todo lo referente a la producción, montaje, voces y orquesta de la función. Bellísimas voces que nos hicieron disfrutar la obra. ¡Ah!, la ópera fue Carmen, de Bizet…

A lo que todavía no nos acostumbramos es a presenciar a la ópera afectada de subtítulos en el idioma local y en inglés para que entendamos los diálogos. Sobre el contenido de la trama y el diálogo más valía que nos hubiéramos quedado con lo que indicaba nuestra imaginación al presenciar los gestos de los cantantes. La letra, ofrecida en los letreritos, decepciona en contrapartida a lo bello de la música.

Aplaudimos, nos fuimos a la estación, hicimos unas tortitas de jamón con queso y esperamos la salida del tren a las doce de la noche en punto, rumbo a Budapest.
Los concurrentes a la estación estaban para llorar; con decirles que la encargada de los baños –mujer de hierro– seleccionaba a quienes dejaba entrar y a quienes no, aunque demostraran que traían con qué pagar y les salieran lagrimitas…

Abordamos el ferrocarril, nos instalamos en el vagón dormitorio –nichtraucher– y, acostaditos, esperamos la llegada a Budapest que sería a las 8 y media de la mañana…

Esa noche soñé qué horrible sería la vida sin las tarjetas de crédito…

El Ingeniero Civil Raúl Paredes y Hernández, reside en Tijuana, B.C. Correo electrónico: raul3824@prodigy.net.mx


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