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Las raíces del miedo
Héctor Ramón González Cuellar
El miedo, como contrapunto de la felicidad, bloquea la plenitud de la existencia del ser humano. Su raíz se da en la lucha permanente entre la luz y las tinieblas en la vida personal. El miedo y la angustia son connaturales a la existencia humana y causa de un proceso de inseguridad, que lleva a la timidez, al temor y un conjunto de complejos que limitan al ser humano quitándole el sentido de la vida y del futuro.
En la sociedad actual, la crisis de valores ha llevado al hombre a reemplazarlos por valores contingentes, poniendo su confianza en el dinero, la ciencia y la tecnología con sus grandes luces y limitaciones. Esto ha tenido como consecuencia un verdadero paroxismo por conseguir un mejor status social, seguridad económica, reconocimiento, estimación, poder, etc., produciendo una crisis íntima en el hombre que ha perdido su centro en sus valores, convicciones e ideas de fe y confianza en sus fuerzas y capacidades, reemplazándolo por ídolos que no lo satisfacen sino que lo conducen a una gran desdicha humana.
El miedo tiene una función: nos señala la dirección del crecimiento. Nos hace ver las fronteras, el territorio no conquistado de nosotros mismos. Conquistamos esos terrenos oscuros dentro de uno, lo que nos hace crecer, no sólo a nosotros sino también a los demás. Poco a poco vamos conquistando el reino del amor, la esperanza, la plenitud, la intuición de felicidad, que son la cara opuesta del miedo, la angustia y la tristeza.
¿Cómo descubrimos nuestros miedos? Muchos de ellos los conocemos muy bien, pero otros son inconscientes. Estos últimos se nos revelan en los sueños, sobre todo en aquellos sueños repetitivos que nos están indicando que hay algo en nosotros que nos hace daño y hay que arreglar. Debemos recordar que la emoción negativa del miedo se graba incluso en el cuerpo. Hay una dimensión corporal, somática: el miedo se fija en cada célula del cuerpo.
Si enumeráramos las diferentes clases de miedos no terminaríamos fácilmente; nombraremos sólo algunos: miedo a la muerte, al dolor, a la soledad, al rechazo, al sufrimiento, al futuro, a la incomprensión, al castigo, a lo desconocido, a las restricciones, a la pobreza y la miseria, etc. Lo importante es reconocer cuáles son nuestros miedos y liberarnos de ellos para lograr en plenitud el proyecto divino en cada uno de nosotros.
Es necesario distinguir entre miedo y angustia: lo primero es una reacción defensiva de tipo psico-afectivo, frente a una situación que se capta como amenazante. Pareciera que miedo y angustia fueran la misma reacción, pero no es así. El miedo tiene un objeto preciso, en cambio la angustia es difusa, es más bien una reacción que se queda en lo interno.
El temor, espanto, pavor, terror, pertenecen más bien al miedo; la inquietud, la ansiedad, la melancolía, más bien a la angustia. El primero lleva hacia lo conocido, la segunda hacia lo desconocido.
Pero, a diferencia de lo que muchos puedan pensar, el miedo es también positivo. Frente a hechos reales que en sí son amenazantes, el hombre debe defender su propia integridad física o psicológica, y es el miedo consciente el que moviliza y gatilla la acción reflexiva.
Incluso la angustia es un mecanismo que el hombre tiene para no deshumanizarse, el “yo” segrega la angustia ante el conflicto en forma inconsciente, y es el conflicto a su vez, el que hace crecer al ser humano. Esta reacción es una especie de luz roja que se enciende ante el peligro de deshumanización, en el que el hombre no enfrentaría los conflictos.
Respecto a los fundamentos psicológicos del miedo, se consideran cuatro actitudes erróneas responsables de la mayoría de los sufrimientos que esclavizan al ser humano. Estas cuatro actitudes negativas serían: 1.- Anticipación imaginaria. 2.- Contaminación del presente por el pasado. 3.- Resistencia al sufrimiento. 4.- El deseo y la ambición.
En relación a la anticipación imaginaria, el miedo es el producto y fruto de la imaginación, esa maestra de falsedad que –observa Pascal–ha creado una segunda naturaleza. Los temores del hombre, en rigor, no se encuentran en el presente sino en la anticipación fantástica de lo por venir, único horizonte donde es posible la experiencia de riesgo y amenaza. Sufrimos así inútilmente lo que, según nuestra imaginación, sucederá en nuestro futuro próximo o remoto, gastando tal cantidad de energías en nuestras preocupaciones que no tenemos fuerzas para vivir positiva ni creativamente el momento presente.
Nuestro segundo gran mal es ser arrastrados constantemente por el flujo de nuestra consciencia a vivir en el pasado, perdiéndonos lo único que realmente tenemos: el presente. No vivimos el aquí y ahora por sumergirnos en un pasado generalmente poblado de hechos vividos que aún nos tienen atados emocionalmente, con sus culpas, resentimientos, frustraciones, etc. Esta contaminación posibilita el temor de que tales hechos vuelvan a suceder y nos hace desconfiados e infelices en el presente. Nunca nos atenemos al presente –ha dicho Pascal– sino que recordamos el pasado y anticipamos el porvenir. Vivimos en tiempos que no son los nuestros y no estamos disponibles para ser felices. Por eso, inevitablemente, no lo somos.
La resistencia al sufrimiento es el tercer fundamento psicológico del miedo. Generalmente pensamos que la desdicha o felicidad dependen de lo penoso o afortunado que sea un acontecimiento. Pero en estricto rigor, ni el gozo ni la tristeza existen en la naturaleza, sino sólo en la consciencia del hombre y surgen, en última instancia, de la propia actitud con que se enfrenta la vida. En cierto modo, los hechos son neutros o, al menos, no necesariamente gratos o dolorosos, y somos nosotros mismos los que les damos un significado.
Si algo exterior te atormenta, observa que no es la causa externa lo que motiva tu tormento, sino la manera que tienes de considerarla. Manera que puedes cambiar en cuanto te lo propongas, con lo que cesará tu tormento.
Tendemos a resistir el dolor y el sufrimiento, ya sean físicos, psíquicos o espirituales. Sin embargo, el dolor físico está indicándonos que algo anda mal en nuestro organismo y debemos remediarlo. Hay veces, también, en que la voz de nuestra conciencia nos dice que hemos actuado mal y sentimos un dolor moral que llamamos remordimiento, y que nos está incitando a enmendar nuestra conducta. En resumen, no debemos temer enfrentar estos dolores. Al contrario, hay que acogerlos, penetrarlos y procurar descubrir su significado el que, en última instancia, nos resultará beneficioso.
Finalmente, el deseo y la ambición son grandes generadores de miedo, ya sea por miedo a perder lo que tenemos: bienestar, éxito, prestigio, posesiones materiales, o por miedo a no alcanzar todo eso a pesar de nuestros esfuerzos. A menudo, al mirar estos deseos no cumplidos en retrospectiva, nos congratulamos de no haber logrado lo que entonces deseábamos. El deseo en sí mismo no es necesariamente negativo, se puede sentir un gran deseo de mejorar en el aspecto humano, superarse en los diversos ámbitos de la vida. Lo importante es no apegarse a lo que se posee porque se suscita el miedo a quedar desposeído. El desapego interior obedece a la superación del afán de dominio y de la dependencia a personas o cosas.
Héctor Ramón González Cuellar es profesor e investigador del Instituto
Tecnológico de Tijuana.
Correo electrónico: hrgcuellar9@hotmail.com
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