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J. Jesús Blancornelas
La Migra
Vivía en California mejor que sus jefes en Washington; su casa era fabulosa, le costó 200 mil dólares al contado; compró el lote vecino y construyó una alberca olímpica. Apasionado de los autos, usaba cinco último modelo; por eso ordenó construir amplia cochera donde además cabía una lujosa Van. Y como vivía pegadito al mar, se hizo de dos excelentes botes; en el pequeño salía de pesca; el otro, palabras mayores, solamente lo usaba para navegar con su familia. En donde trabajaba era obligatorio andar empistolado; a lo mejor eso le despertó amor por las armas y decidió coleccionarlas; tenía unas cien vitrinas para presumir; nunca las disparaba; eso sí, era rigurosa su continua limpieza. Para completar el feliz escenario, en algún banco abrió cuenta de cheques a su nombre: 45 mil dólares. Solamente los tocaría en caso de emergencia.
De pronto compañeros y jefes de trabajo se extrañaron, admirados, con la campechana vida que llevaba este joven agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos –la mentada Border Patrol– comisionado para evitar el peso ilegal de extranjeros. Los atajaba a como diera lugar en la línea fronteriza con México, por eso ganaba entre 15 mil y 20 mil dólares al año. Con tal salario, ni trabajando tiempo extra todos los días le alcanzaba para darse esa gran vida. Lo “agarraron en la maroma” y terminó encarcelado.
Alfredo Corchado, mi compañero del periódico The Dallas Morning News, dio cuenta de tal caso como un ejemplo de la increíble corrupción en la frontera estadounidense. Agentes de Aduanas e Inmigración –la temible migra– están prácticamente al servicio de los cárteles mexicanos y las bien organizadas mafias estadounidenses. Hay un clásico ejemplo: en la frontera de El Paso, Texas, un veterano agente de inmigración acomodaba en su horario y posición en la garita el cruce de los narcotraficantes que salían de Ciudad Juárez, Chihuahua; sus muchos años le permitieron actuar como si nada. Aparte, en horas fuera de trabajo se las arregló para desactivar los censores antidrogas de la garita y puntos cercanos, así no podían ser descubiertos los vehículos que transportaban droga entre su carga. Este caballero permitió pasar por lo menos unos 500 kilos de mariguana cada semana durante quién sabe cuánto tiempo.
Nada más en la mitad de 2000 fueron descubiertos 28 agentes de Aduanas e Inmigración de Estados Unidos ligados a mafias de su país y el nuestro. Por su ubicación, les untaban las manos los cárteles de Arellano Félix en Tijuana y de Amado Carrillo en Ciudad Juárez. Los superiores de cada dependencia descubrieron algo desalentador: algunos agentes hasta se trepaban a los camiones con droga, ayudaban a choferes a pasar retenes en territorio estadounidense más adentro; llegaron a vender cocaína y mariguana personalmente; y lo más desalentador: transmitieron información privilegiada a los cárteles sobre las estrategias oficiales antinarco.
Hay otro punto sorprendente: todo aspirante a servir en el Servicio Secreto, FBI (Agencia Federal de Investigación) o DEA (agencia antidrogas) debe someterse a pruebas de integridad y empeño avanzado; también es requisito informar continuamente sobre sus finanzas personales; todo lo contrario pasa con el personal de Aduanas e Inmigración. Originalmente se pensó que no debían tener tanta preparación, dadas las características de su trabajo: permanecer vigilantes en despoblado, manejar Vans y camionetas para perseguir indocumentados, tripular patrullas en la ciudad y realizar detenciones en la calle o lugares de trabajo. El señor Silvestre Reyes, miembro del Partido Demócrata en El Paso, dijo “sentirse muy frustrado por la continua falta de voluntad de Inmigración”. Pero la senadora Diane Feinsten, residente en Washington, opinó enérgicamente: “La corrupción es el problema de seguridad nacional más grande en este país”.
Me llamó mucho la atención todo esto; por ejemplo, descubiertos los agentes estadounidenses, estoy seguro de que por lo menos uno debió confesar al detalle sus relaciones con los capos mexicanos y corporaciones controladoras de droga en Estados Unidos. Sinceramente no me explico cómo, teniendo la punta del hilo de la madeja, no la desenredaron. Curiosamente lo mismo pasa en México: cuatro agentes federales comisionados en Tijuana fueron acusados de asesinar a tres de sus compañeros; los torturaron y lanzaron a una barranca en la zona serrana de La Rumorosa. Están prisioneros y bajo proceso, pero no hemos sabido quiénes eran sus contactos con la mafia, ni la referencia obligada sobre el alto mando del cártel Arellano Félix. Esa situación es tan irracional como la captura de choferes que transportan droga; siempre declaran lo mismo: “Me contrató un señor. No lo conozco. Me dio instrucciones para entregar la carga a otro. Tampoco sé quién es”, y de allí no salen. No siguen la huella del vehículo decomisado; forzosamente debe tener propietario, matrícula y elementos necesarios para saber quién, cómo, cuándo y dónde lo compraron; pero no sucede.
Logré una fotocopia del reporte presentado en marzo de 1999 por Thomas A. Constantine cuando era jefe de la DEA; cito textualmente un párrafo: “Aproximadamente dos tercios de la cocaína que se encuentra en Estados Unidos viene de la frontera con México. Típicamente grandes embarques de cocaína son transportados desde Colombia por vía de navegación comercial y por lanchas rápidas (go fast boats) y descargados en puertos mexicanos. La cocaína es transportada usualmente en camiones y guardada en ciudades como Guadalajara y Ciudad Juárez. Los cargamentos de cocaína son después llevados a la frontera con Estados Unidos y de allí a los centros de mayor distribución como Los Ángeles, Phoenix y Chicago”.
Sinceramente este párrafo es una burla, un pitorreo. Si los agentes de la DEA saben todo ese movimiento, deberían capturar a los mafiosos. Lo de señalar rutas es una vacilada; me imagino a los narcos al verlas en los periódicos. Por la risa, llorarán más que cuando eran niños y los nalgueaban. Hay otra situación más grave: los estadounidenses y también nosotros llevamos un conteo casi exacto de las ejecuciones ordenadas por mafiosos o relacionadas con el narcotráfico en México. En Tijuana y en Sinaloa llegaron a casi o más de 500 en 1999. Nos sorprende cada asesinato, a veces por la forma, otras por la víctima y en algunas ocasiones por las circunstancias. La prensa estadounidense lo maneja con notables titulares. Pero fíjese lo que sucedió en Estados Unidos; me remito a un documento oficial: el 14 de marzo de este año, Barry McCaffrey, director de la Oficina de Política Nacional del Control de Drogas de Estados Unidos, escribió esto, que apareció en “The World and I” (El mundo y yo), una publicación de The Washington Times: “Aunque la lucha para reducir el consumo de drogas no es una guerra, las drogas ilegales contribuyen cada año a matar más de 50 mil norteamericanos, cifra que se aproxima a la de bajas estadounidenses durante toda la guerra de Vietnam. La gente que dice que el consumo de droga es un crimen sin víctimas pasa por alto los hechos. El consumo de drogas impone a otros un riesgo inaceptable de sufrir daños. La prueba que apoya esta opinión es escalofriante”.
Entonces no hay duda: mueren más consumidores en Estados Unidos que narcotraficantes en México y no menciona eso con grandes titulares la prensa de aquel país. Todo esto lleva a un punto: en Estados Unidos, la corrupción por el narcotráfico es tan o más grande que en México.
Tomado del libro “El Cártel”.
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