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Adela Navarro Bello

Sortilegioz

Juniors

Son jóvenes de familias pudientes de Tijuana. Se visten bien, andan en buenos carros y traen chorros de billetes en la cartera. A veces separaditos dólares de pesos. Engominado el pelo, con peinado casi de diseñador. De esos que parecen despeinados, pero que el propósito les tomó algunos minutos frente al espejo. Clara la tez y terso el cutis. Se cuidan mucho los chamacos.

Les gusta la ropa oscura y de marca. Entre más exclusiva mejor. Hacen ejercicio y comen bien. Son delgados. Algunos con músculos de producción local. En alguno de los muchos gimnasios, pero siempre en los más exclusivos, de la zona del Río y del Campestre. Se preocupan los muchos por andar arreglados y verse bien…Y todo para salir de raterillos.

Es la moda en Tijuana, es una especie de iniciación al crimen: Se forman grupos de cinco, seis, siete y hasta doce juniors y se dedican a asaltar damitas en la calle. Les roban la bolsa. Las dejan tiradas cuando la mujer se aferra a sus pertenencias. Las maltratan. Lo mismo bajándose del carro que caminando por una transitada calle de Lomas de Agua Caliente, Hipódromo, Las Palmas, La Cacho.

Los nuevos juniors del crimen tienen sus zonas de trabajo. Les gustan las calles pavimentadas. Cerca de sus casas y hogares. Se ponen capucha para que no los reconozcan, pero siempre actúan igual. Llegan en bola, entran, amagan, asaltan, arrebatan, se llevan valores, dinero, joyas, celulares. Encierran a las víctimas y se van contentos con el botín.

Así han llegado a cafés, restaurantes y centros nocturnos del antes llamado “círculo de fuego” por la frecuencia de las balaceras. Es la zona comprendida entre la Avenida Las Palmas, la Avenida Las Américas y la Hipódromo. De ahí no salen. Aunque a veces en el colmo de la inseguridad, roban a sus conocidos fuera de sus casas. Les quitan sus carros Mercedes cuando están llegando o saliendo. También la bolsa de marca.

Hasta eso, siempre actúan de la misma manera. Siguen un patrón. Por eso llama la atención que a pesar de tenerlos estudiados en su modus operandi, las corporaciones policíacas no hagan algo para detenerlos. Vaya, tienen identificados hasta puntos de reunión, pero parece que les tienen miedo.

El colmo es cuando vecinos se quejan de que los juniors del crimen se reúnen en parques de la zona nada más para echar relajo, escándalos y de paso hacer negocios ilícitos. Entonces los ofendidos llaman a las policías. De perdida para que les manden una patrulla que nunca llegará. Las corporaciones no responden porque temen que en bola les roben la unidad o se las llenen de graffitti y en el peor de los casos de disparos. Porque los chamacos andan armados.

Ahora sí que se está gestando ante la omisión de los padres y la indiferencia de las autoridades, la nueva generación de delincuentes de “buenas familias”. Alguien debería decirles algo. Cuidarlos más. Vigilarlos, ver dónde andan y con quién se relacionan. No es justo que la sociedad pague las consecuencias de una mala educación, de una desatención. De la Policía no se espera mucho, a los pocos juniors del crimen que han detenido, los han agarrado en un descuido, nunca por investigación, inteligencia o estrategia.

Tal vez debieran explicarles a estos jóvenes cómo terminaron los “narcojuniors” de la década de los noventa. Gozaron de fama, clandestinidad, dinero y lo que quisieron durante cinco años a lo mucho. Todos terminaron mal. Unos asesinados, otros detenidos, unos más desaparecidos, pero todos en desgracia.

Ojalá, tanto autoridades como padres hagan algo. No está bien que los muchachitos se lleven lo que no les pertenece a la fuerza. Tampoco que maltraten a damas. Menos que asalten restaurantes. Están muy chamacos para echarse a perder.

Más vigilancia, tanto oficial como familiar, sería un buen principio.


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