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J. Jesús Blancornelas

FBI

Nada más de verlos en la pantalla, el hatajo de chiquillos nos emocionábamos. Nunca nos perdíamos una película de los famosos detectives del FBI. Unas veces en el matinée dominical y otras en la función normal. Cuarenta centavos era lo que costaba entrar al cine y a Galería. A unos les daban su “domingo” en casa y otros traíamos dinero ganado con el sudor de la frente. Pero en lugar de pagar un peso en balcón o tres en luneta, preferíamos lo más barato. La verdad, no era por tacaños sino por gusgos. Nos surtíamos de “pepitas”, “garapiñados” o “churritos” y le dábamos gusto al paladar durante la función. Entonces no había dulcerías en los cines. Pero aparecían unos señores con saco blanco de tela y visera de plástico, como los antiguos contables. Iban por los pasillos en plena función. Llevaban una cajilla colgada al cuello con gruesa correa de cuero. Linterna en mano como guía en la oscuridad y oferta en voz alta sin llegar al grito: “Dulces, chicles, chocolates”, con el infaltable final “A'i con permiso...a'i con permiso”. La diferencia era que el caballero vendía las golosinas arriba de su precio. Y como en el cine tampoco había bebidas embotelladas, en el intermedio salíamos para echarnos apuradamente un vaso de agua fresca, de jamaica o de fresa.

Así, de ver tantas películas sobre detectives, muchos soñamos que cuando grandes seríamos del FBI. Nos gustaba verlos. Les sobraba lo valiente. La inteligencia y la agilidad también. Además, todos andaban bien trajeados. Hasta chalequito atravesado por leontina. El cigarrillo era infaltable. El sombrero de ala corta. Así como Frank Sinatra en sus buenos tiempos. Decentes, se lo quitaban para saludar a las damas o al entrar a una oficina. La pistola ni siquiera se les notaba, pero eso sí, cuando desenfundaban fríamente mataban a los criminales. A los que no eran tan malosos nada más los herían. Invariablemente en el brazo izquierdo o abajito de la clavícula. Pero nunca fallaban. Por eso los delincuentes temblaban cuando en las películas oían del FBI. Y los que se burlaban de ellos no pasaba mucho tiempo: Se arrepentían. Nos encantaba cuando los detectives luego de resolver un caso, eran esperados por sus guapas novias y los recibían a besos. Ese momento y la captura de los delincuentes, nos hacían ponernos de pie dejando las tribunas encementadas pero con asientos de madera. Gritábamos, aplaudíamos y hasta de brincos pegábamos. Para qué les cuento. Salíamos del cine tirando ilusorios balazos con nuestra pistola simulada por el puño derecho, extendidos índice y pulgar.

Luego en los años cincuentas y sesentas se hizo famosa la serie de televisión “Los Intocables” del inolvidable Elliot Ness. Fue cuando supimos quién era el mafiosón Al Capone, el líder camionero Jimmy Hoffa, Caryl Chessman el “Asesino de la Linterna Roja”, famoso en California por sorprender a las parejitas acarameladas. Les caía en su auto con falso código encendido. Al joven lo encañonaba y hacía correr. Se quedaba con la chamaca. Lo capturaron después de mucho y terminó sentenciado a muerte.

En Estados Unidos se hacen muchas cosas que en México nada más no funcionan. Por ejemplo, el Presidente puede ser a la vez candidato y utilizar el avión oficial o los automóviles del Gobierno sin problemas. Hasta guarda-espaldas del Servicio Secreto. No es ilegal si llama por teléfono o reúne a sus amigos para “pasarles la charola”. Ahorita, por ejemplo, Hillary, la esposa del Presidente Bill Clinton, quiere ser candidata al Senado por Nueva York. Contrario a los líos del perredista Andrés Manuel López Obrador en el D.F., la Primera Dama no tiene problemas. Su residencia oficial es la Casa Blanca en Washington, pero le bastó de un día para otro rentar casona neoyorquina y allí anda tras los votos. Inclusive la semana pasada apareció arriba en las encuestas. Su esposo de cuando en cuando le tira públicamente dos que tres puyitas al opositor de su mujer y ni quién diga nada. Hay otro caso: Al Gore, el Vice-Presidente, quiere ser Presidente y recorre el país haciéndose propaganda sin dejar el puesto. Además los periódicos están muy definidos políticamente. O son demócratas o son republicanos. Y el día de las elecciones en lugar de editorial publican una lista de candidatos, aconsejando a los electores por quién votar.

El jefe del FBI no es como aquí el Procurador. Allá son contratados. Diez años en el mando. Deben tener estudios universitarios. El señor Louis Freeh es actualmente el director y terminará su compromiso oficialmente hasta 2003. Ya lleva unos 25 años en el servicio público donde, todo mundo sabe, los sueldos son más bajos que en las empresas privadas. Pero enfrenta un problema: Sus seis hijos deben ir pronto a la Universidad. Y como en Estados Unidos sí cuesta estudiar, el jefe del FBI necesita más dinero y no es pecado que busque otro empleo “en secreto”. Al empezar este abril el periódico “The Washington Post” dio la noticia, no tanto por echarle a perder sus intenciones, sino porque simplemente es una novedad y punto. No cualquier jefe del FBI en funciones anda buscando “un extrita”.

Según "The Washington Post", algunos importantes ejecutivos del sector privado “se han puesto en contacto con jerarcas en los servicios financieros, firmas de abogados de Washington y otras partes del país investigando si habrá interés en contratar a Freeh. El periódico anotó en su edición de abril 4, que a su vez el señor director del FBI “evalúa en sus opciones de empleo de la misma manera que opera como director del FBI: En secreto”. Todo esto es visto con naturalidad.

El señor Director del FBI tiene un sueldo de 141 mil 300 dólares al año. Convirtiéndolos a pesos mexicanos a la paridad de 9.50 serían algo así como 13 millones 423 mil pesos con 50 centavos. Poco más de un milloncito por mes. 250 mil en números redondos a la semana. El caso es que ya con hijos en la Universidad, los gastos son mayores. Autos, casa, comida, vestido y demás. Lógicamente la vida es muy cara en Washington.

No sé exactamente cuánto gane el señor Procurador General de la República o el Director de la Fiscalía Especial de Atención a Delitos contra la Salud (FEADS) que son más o menos los equivalentes a Mister Freeh. Pero sí sé una cosa: El sueldo oficial del jefe del FBI, 141 mil 300 dólares al año, son una insignificancia comparada con los depósitos que tenía el Oficial Mayor de la PGR que se suicidó. Por eso si me pusieran a escoger a estas alturas, quisiera como hace cincuentaitantos años, soñar con ser detective del FBI.

Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 18 de abril de 2000; propiedad de Jesús Blancornelas.


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