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Un problema llamado López Obrador

Jorge Santibáñez Romellón

Andrés Manuel López Obrador tiene la percepción de que las elecciones presidenciales del 2 de Julio, él las ganó y que además fueron fraudulentas. ¿Cómo llegó a esa conclusión? Realmente ya no importa, como tampoco es relevante que no haya demostrado fraude alguno, o que sus allegados se lo alimenten o traten de atraerlo a la realidad. El hecho indiscutible es que él cree que ha sido despojado de un triunfo “legítimo” y para bien o para mal, lo que es cierto en la percepción, es cierto en sus consecuencias. Es decir, él y todos nosotros, actuamos en función de lo que percibimos como cierto, aunque eso esté lejos de ser real.

De nada sirve que desde lo externo a él se le demuestren sus contradicciones, como por ejemplo la de participar en una contienda con reglas e instituciones para después desconocerlas si el triunfo no le es concedido. También ha perdido -esperemos que no irremediablemente- toda capacidad de análisis de su entorno y sin ningún empacho pide a los diputados y senadores de su partido, que por ley están obligados a respetar las reglas que les impone la legislación mexicana acerca de sus funciones, que las ignoren y violenten para mostrarle su apoyo incondicional (algo que por cierto los gobernadores del PRD no han aceptado con tanta facilidad).

En su lógica, se ha dedicado y seguramente lo seguirá haciendo, a sabotear directamente o por la vía de los diputados de su partido cualquier acto que proceda de una autoridad que le fue usurpada. Lo ocurrido el 1 de septiembre, el 20 de noviembre o lo que ocurrirá el próximo primero de diciembre, no son berrinches ni hechos aislados, forman parte de una estrategia de destrucción y no el camino de la construcción de un proyecto, por la sencilla razón de que eso les obliga a aceptar las reglas vigentes, según las cuales, se perdió el proceso electoral. Su apuesta es destruir, minar el camino de las autoridades que él llama ilegítimas, para eventualmente, después construir un proyecto. Por eso sus acciones y las de sus seguidores se encaminan a sabotear los actos oficiales, sin mayor ganancia aparente que la de destruir el acto en cuestión.

Por estas razones, en México se han banalizado las acciones de López Obrador, como si se tratara de un demente, y creo que se comete un error. Probablemente se trata de alguien que se ha alejado de la realidad o que ha perdido casi toda objetividad, pero el problema es que no está solo y que las expresiones públicas del movimiento que encabeza son mucho más que simples embotellamientos en la ciudad de México. El daño de “no dejar gobernar” puede tener consecuencias nefastas. Si este escenario no bastara para preocuparnos, aumentemos entonces la imagen de México en el extranjero que no sólo nos resta credibilidad, sino que a la larga disminuye nuestra competitividad en un mundo globalizado en el que si no se compite con el máximo de las capacidades, se pierde.

En el extranjero, los emisarios de Felipe Calderón o los del gobierno foxista, se han dedicado a proyectar la imagen de que “no pasa nada” y lo menos que se puede decir es que no resultan creíbles. Tampoco se cree que las elecciones fueron fraudulentas o que el movimiento de López Obrador va a desestabilizar al país hasta llevarlo al caos, pero “algo pasa” y no se está resolviendo, y a la larga eso tiene consecuencias no sólo en nuestra imagen. Los medios en el extranjero, quizá por razones más mediáticas que políticas, dan más espacio a los desplantes de López Obrador que a las acciones de Felipe Calderón. Como muestra un botón: la visita de Calderón a Estados Unidos prácticamente no fue objeto de ninguna nota en los diarios europeos, mientras que “la toma de posesión” de López Obrador, quizá por la originalidad del acto, recibió amplios espacios en esos medios.

Así las cosas, López Obrador abandonará las movilizaciones que encabeza y en consecuencia los impactos que de ellas se derivan hasta que ocurra lo imposible y le concedan el triunfo que él dice haber obtenido; hasta que lo que él llama gobierno ilegítimo caiga o bien, hasta que se quede solo, aislado. Actualmente, sus acompañantes más fuertes no están en “la calle”. Son los diputados y senadores del PRD.

Una acción viable para el gobierno de Calderón es el de incorporar a esos diputados y senadores a la institucionalidad, alejarlos de la estrategia destructiva. ¿Cómo? No es fácil. A diferencia de los priístas, incorporarlos al gobierno no es viable, ni ellos aceptarían. Un camino, quizá el único, es el de congregarlos a la agenda legislativa, retomar sus propuestas. Para ello, será fundamental la habilidad del gobierno calderonista con el Congreso. ¡Qué difícil!

Jorge Santibáñez Romellón es presidente de El Colegio de la Frontera Norte
Correo electrónico: opinion@colef.mx


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