Siete obras de literatura periodística
Los libros
“En nuestro país resalta el escándalo; los periodistas y no la policía descubren capos y transas”. J. Jesús Blancornelas. El Cártel.
GABRIELA OLIVARES TORRES
La lista es cuantiosa, el contenido más que generoso, paso lógico para un periodista de la trayectoria de J. Jesús Blancornelas que de pronto no resistió las limitaciones propias del semanario que creó y sostuvo con su palabra precisa.
Por eso los libros, recurso formidable para quien ha visto el transcurso de México desde la butaca privilegiada del bien llamado Cuarto Poder.
Sin embargo, tampoco se trata de una inquietud que tuvo respuesta en 1996 cuando apareció “Pasaste a mi lado”. En sí, la primera vez que Blancornelas encontró en la literatura no ficción un espacio más generoso para escribir fue en 1978 cuando le contó a México la “Crónica de una infamia”.
En aquel entonces, Don Jesús -como se le decía en los pasillos de ZETA- era el joven director del diario “El Imparcial” de Hermosillo, Sonora, en los tiempos del Gobernador Carlos Armando Biebrich, quien será mejor recordado en las páginas de la historia por el enfrentamiento que tuvo con Luis Echeverría.
El pretexto fue el reclamo de un grupo de campesinos yaquis que invadieron una propiedad privada bajo petición de un reparto de tierras que el entonces presidente Echeverría les había asegurado.
En la página 37, de la segunda edición de “Crónica de una infamia”, Blancornelas sentencia: “Se quedaron esperando una promesa sin cumplir del Señor presidente. Y hasta la fecha no cumplida”.
El resultado fue el desalojo que “ordenó” Biebrich, mismo que arrojó un saldo rojo, la consecuente renuncia del Ejecutivo estatal, su proceso penal y, después, la breve salida de Blancornelas del país, bajo la nada irrisoria amenaza echeverrista.
El título ha logrado a la fecha a más de veinte reimpresiones desde su aparición gracias a Editores Asociados Mexicanos, S.A., es decir, EDAMEX.
Los diez mil ejemplares de la primera edición se agotaron rápidamente, lo que entonces demostró la innegable necesidad de los lectores mexicanos de encontrar en el periodismo los porqués del tenebroso mundo de la política en pleno apogeo del viejo PRI. Esto, pese al saldo personal que tuvo para el aguerrido autor.
Las décadas se fueron y la concentración de Blancornelas fue absorbida por Baja California, entidad en donde vio nacer ZETA luego del truculento final de su dirección en el “ABC”.
Ernesto Ruffo como el primer gobernador panista en el país, el asesinato de Colosio, los cimientos del Cárteles de los Arellano Félix, el principio y fin de los tecnócratas, la agonía siempre inconclusa del PRI, episodios de la vida nacional que el periodista fue narrando semana tras semana con un grupo emergente de jóvenes reporteros con los que después armaría “El tiempo pasa. De Lomas Taurinas a los Pinos” (coescrito con los editores de ZETA Adela Navarro, Francisco Ortiz Franco y Héctor Javier González), con el pleno convencimiento de lo que luego admitiría en el prólogo a “El Cártel”: “La vida me ha enseñado que el periodismo de investigación no es para ‘llaneros solitarios’”.
Pero antes vino “Pasaste a mi lado”, prologado por Alfredo Álvarez Cárdenas, quien era director del Centro Cultural Tijuana, institución que integró el volumen a su colección literaria.
Justamente de ese texto se rescata aquí el principio, el epílogo de Mauricio González de la Garza que anota:
“El pasado es un absoluto. Es una constante inalterable. No hay en la existencia humana una constante equiparable a ésta… No se trata de clausurar el pasado sino de utilizarlo, sea como fuera, como motor para abrir el paso a un futuro mejor”.
Era evidente que en esta etapa de su prolífera carrera Blancornelas ya estaba en posición de hacer lo que Julio Cortázar había advertido en su senda novela “Rayuela”, que después de los 40 años a los seres humanos nos brotan ojos en la nuca, para así ver con más claridad lo que quedó atrás.
Con la voz de Pedro Infante aún en el trasfondo, el título inaugura una etapa en donde el sagaz reportero había hallado la madurez y la calma suficientes para tejer todos los hilos sueltos que quedan con el manejo de la noticia diaria.
En un tono por excelencia anecdótico, esta obra se produce desde la nostalgia propia para reconstruir los momentos más significativos de Baja California, atestiguados por un reportero que llegó a la frontera en marzo de 1960 con mil pesos en el bolsillo que el licenciado Rubén Téllez Fuentes le había enviado para que viajara de San Luis Potosí a Tijuana y se incorporada al diario El Mexicano.
“De tres pisos era el edificio y en el último vivía el meritito director, don Mario Novoa, con su esposa, su suegra y sus perritos. Fumaba mucho pero escribía mejor”, anotó Blancornelas.
Más adelante expuso el destino de cara al totalitarismo “Mexican style”: “Lástima que a don Mario Novoa lo sacaron del periódico. Suyo fue el pecado de descubrir a la luz pública la incapacidad política del presidente municipal de Tijuana, don Xicoténcatl Leyva Alemán, y enjuiciarlo.
Su primo, el ex presidente Miguel Alemán, se quedó con López Mateos y don Mario se quedó sin dirección, sin dónde escribir ni a dónde aterrizar. Estaba apestado por la divinidad y el satanismo presidenciales. De consolación le dieron una agencia de la Lotería Nacional en el Distrito Federal y quién sabe cuándo se apagó su vida”.
Hechos que sólo quien estuvo cerca y observó con aguda mirada, pudo haber relatado. Para eso, Blancornelas se pintó solo.
De ahí siguió “Una vez nada más. Crónica de un país y sus personajes” (Océano, 1997), visto desde la orilla, es decir, Tijuana, testimonio logrado a raíz de más de 40 años de quehacer periodístico que le sirven ahora para dar continuidad a lo iniciado: una extensa crónica del poder político de nuevo en Baja California, como punto de partida para empezar a narrar el narcotráfico y la emergencia de la narcopolítica, en donde se inscribe el crimen de Héctor Félix Miranda, más conocido como El Gato.
Es que en estas páginas Blancornelas dedica un amplio y emotivo espacio al homicidio del columnista y codirector fundador de ZETA en el que insiste en señalar a Jorge Hank Rohn, hijo del acaudalado político Carlos Hank González y actual alcalde de Tijuana, como posible autor intelectual del asesinato de Félix Miranda, en 1988.
Luego, su atención se concentró en la aparición de los llamados delitos contra la salud que, a partir de los años setenta, habrían de convertirse en un fenómeno cultural ensombrecedor: "Comenzó el paso de mariguana primero en bolsitas, luego en paquetes, después por kilos y luego por toneladas".
El amasiato entre funcionarios públicos y capos, más la peculiar y lamentable presencia de los narco júnior son de especial interés para Blancornelas en “Una vez nada más”, a la par de gobernadores como Braulio Maldonado siempre acompañado por sus "temibles guardaespaldas (...) malencarados, como villanos de película de Pedro Infante"; Xicoténcatl Leyva Mortera, el que le "abrió, sin lugar a dudas, las puertas al narcotráfico y al crimen en Baja California", como un par de ejemplos que vale la pena revisar.
A fin de cuentas, el capítulo queda suspendido con Ernesto Zedillo en los primeros años de su sigiloso sexenio también incapaz de frenar el crimen organizado, mal del que se ocupó con detenimiento en “El cártel. Los Arellano Félix: la mafia más poderosa en la historia de América Latina” (Plaza y Janés, 2002) y “Horas extra. Los nuevos tiempos del narcotráfico” (Plaza y Janés, 2003).
En el primero de los dos textos arriba mencionados, desde la introducción Blancornelas confesó: “Jamás me propuse escribir acerca del narcotráfico; yo estaba endiosado con la crónica deportiva desde 1955 hasta 1960; luego con la política; pero a inicios de los ochenta coincidieron mi residencia en la frontera y el nacimiento del cártel Arellano Félix. Desde hace 22 años atestiguo su actividad. Fue como si la fortuna me regalara la combinación de una caja fuerte con mucha información atesorada”.
Así, “El cartel” fue el resultado de una serie de escritos que corresponden a un período que va de agosto de 2001 a marzo de 2002 en donde lo que se asoma es la realidad con todos sus actores, los intocables, los temerarios, los que corrompen y los que se dejan corromper sin importar lo que ello significa para el país que hoy padecemos: “Estados Unidos convive con cárteles más poderosos que los mexicanos. Los nuestros son caricatura, las ganancias millonarias están en el norte, el sur recibe migajas. Aquí las ejecuciones al año se cuentan por centenares. Al norte, por miles y miles causadas por sobredosis”.
Análisis que si bien parte del irrefutable dominio del tema, no se interioriza tanto. “Horas extra” es, en cambio, una evocación de la sobre vida de Jesús Blancornelas tras el atentado que sufrió un 27 de noviembre de 1997, a unas cuadras de las oficinas del Semanario.
A través de esta narración, el periodista pinta a la ciudad de Tijuana con el color que la estigmatiza, el rojo, el que corre desde las venas que cualquier ciudadano puede derramar en el instante más impensable, a consecuencia de las batallas que han emprendido los cárteles de México para apoderarse de tan codiciado territorio.
Es el silencio de la calle antes del crimen, como dirían los autores de policíaca, lo que el escritor describe con los nombres de quienes las dominan y siembran el terror en forma cotidiana.
“Estoy seguro que a ‘El Chapo Guzmán’ le dio mucho gusto cuando supo la noticia de su fuga. Me imagino que alguno de sus canchanchanes le llevó El Debate a la cama con un cafecito negro y bien caliente. O releyó Zeta mientras se despachaba unos huevos revueltos con machaca y mucho chile. A lo mejor con una Pacífico se enteraría de lo publicado. Sobre algunas declaraciones se reiría y comentaría detalles a sus cuates con alegría (?)”, supone Blancornelas. Mezcla de realidad y ficción necesaria cuando los hechos parecen fantásticos, pero distan de serlo.
Por último, aparece “En estado de alerta. Los periodistas y el gobierno frente al narcotráfico” (Plaza y Janés, 2005) en donde se comprueba, una vez más, que la vida y obra del periodista coinciden con la transformación del país entero, escenario lleno de riesgos que se exacerban para quien ejerce el periodismo.
A diferencia de los anteriores, este último trabajo apunta hacia delante, a lo que puede venir con la criminalización del Estado mexicano:
“Lo que se necesita es más inteligencia que fuerza. De no hacerse nada y terminando el sexenio, la mafia llegará hasta el Rancho de San Cristóbal”, auguró Blancornelas sin temor a equivocarse.
La frase final de “En estado de alerta” resume la verdad inalterable. Fue en ese momento donde concluyó: “Cuando leo todo pienso cómo ha cambiado todo… pero la muerte sigue siendo igual”.
Hace algunos meses, los editores buscaron al periodista incansablemente para reorganizar ciertos capítulos de ediciones pasadas que habían quedado pendientes y publicar un octavo libro. Tal vez, Jesús Blancornelas ya había saldado su cuenta. No dejó, pues, obra inconclusa. La tarea será para los lectores que tienen, en esta bibliografía, mucho que aprender del país que un escritor como él, logró ver.
|