J. Jesús Blancornelas
El economista
De eso hace poco. Estudió en México. Se graduó como economista. Luego asistió a varias universidades extranjera. Tejió buenas relaciones con sus colegas. Naturalmente mejoró mucho en conocimiento. Regresó al país para encontrar una modesta chambita defeña. En ésas estaba cuando quién sabe cómo fue: Probó y le gustó seguir fumando marihuana. Tanto hasta reconocer ahora cómo se envició durante buen tiempo. Por eso y sabiendo de sus andanzas otro economista le llamó muy acá. Era conocido funcionario en Bellas Artes. Le pidió arrimarle cocaína de la buena. Tenérsela a la mano para cuando la necesitara. Nuestro protagonista economista habló con el surtidor de la marihuana. Y fue como se enchufó con un cocainero. Así le hizo balona al colega bellasartero. Eso le dejaba buenos billetes. Quedó deslumbrado cómo le caían facilito. Algo así como lluvia vespertina. Sorprendido debió pensar que para eso no necesitaba tantos estudios.
Fue cuando empezó a mini-traficar. No andaba igual que los navegantes en esta tandariola. Ni malafacha o desaseado. Tampoco mechudo y mugroso. Nada de soflamero. Ni pistola al cinto. O ametralladora bajo el asiento del auto o en la cajuela. Por eso cero sospechas de sus acarreos ilegales. La policía estaba entretenida con tarugos de planta para perseguirlos, extorsionarlos, quitarles la droga o mandarlos al calabozo. También como hasta hoy protegiendo a verdaderas ballenas del narcotráfico. Por eso y bienvestido al economista ni lo molestaban. Les pasaba de noche a gendarmes y afiosos. Lo curioso: Por andar en esas faenas abandonó el vicio de la marihuana. Es más: Ni como junior encaprichado le dio antojo por la cocaína. “Al principio de esta rara experiencia empecé a traficar con coca en un formato llamado ‘pelotas’ que equivalen a veintitantos gramos”. Tal es la referencia del señor economista. Me la hizo saber. Además estaba en el claro entendido: “Sabía del riesgo que representaba”. Y también las consecuencias.
Pero el dinero era la única razón para traficar. Nada de maldad. Le hacía falta la plata. Con el sueldo como economista nada más no la hacía. Y hasta igualito que en las películas vino el drama cargado de más necesitad. Su mujer parió. Ya no era cosa de compartir techo y cama con la pareja. Vivir sin importarles nada más que el amor. Seguramente hasta por hacerlo se les olvidaba comer. Pero ya con la bebé cambiaba todo. Era una familia. Tres bocas y mucho, pero mucho cuidado para la recién nacida. Por eso aquella necesidad.
En eso de seguir comprando y vendiendo se endrogó. Como pasa siempre distrajo billetes para sus apuros. De pronto se dio cuenta: Los compradores le pagaban poco pero les debía mucho a cada vendedor. Entonces “…la paranoia me exacerbaba. Andaba como loco”. Y hasta le dio por entrarle otra vez a sus “toques” de vez en cuando. Más por desesperación y no tanto por gusto o vicio. Se escamó. El miedo lo agorzomaba. Le salía más rápido de como entraba y por eso se notaba tanto. Temió perder a su bebita. El estrés era torturante “…cada vez que iba por las alas de la mosca”. Descarapelaban toda su moral. Por lo menos así lo sentía. Como un terremoto en todo el cuerpo con epicentro en el corazón. Fue entonces cuando arregló como pudo con compradores y vendedores. Aventó todo. Se zafó. Hasta dejó de darle chupetes a la hierba.
Me contó todo esto a propósito de lo varias veces escrito aquí. Sobre los jóvenes profesionistas desesperados por tener empleo malpagado. Eso los tienta y anima a zambutirse en el narcotráfico. Allí donde en un zas ganan mucho. Por eso en este caso del economista “habla la voz de la experiencia”. Me contó y advirtió: Quien intenta meterse a chambear como narco debe ser alertado. Primero esa presión en un día es tanta como la de varias semanas trabajando normalmente. El dinero malganado se va tan rápido como llega. Pero algo más peligroso. “Los narcos son especialistas en técnicas de amedrentamiento”. Cuando un cliente no paga le meten miedo. Llaman cada ratito al teléfono casero. Una cosa es cuando entregan la cocaína. Son buenagente. Y otra obligarlos a pagar. Les doblan la cantidad. Los ponen nerviosos. Es la forma para alterarlos. Llamando a casa o estacionando enfrente su auto. Son trampas. Casi siempre la familia ignora cómo hay un vicioso entre ellos. Y el adicto lucha para que no se enteren. Entonces es obligado a sacar dinero de donde sea. Y por ese miedo es como le entran una y otra vez a la coca. Naturalmente así se alarga la cadena del endrogue y la drogada.
Antes los narcos aceptaban tarjetas de crédito pero ahora no. Si a los adictos le fían, llegan a cobrarles interés hasta por hora. Siempre están jeringando. Entre más exigen el vicioso se desespera y aumenta el consumo. Por eso los narcos nunca pierden. Si la familia se entera prefiere pagar cuanto deba el vicioso de casa. No denuncian al vendedor. Evitan escándalo y venganza. Internan en rehabilitación al adicto. Pero meses después del tratamiento sigue el riesgo de enviciarse.
El economista me contó por correo: “He escuchado a personas cuando dicen que entran al narco por dinero fácil. Pero créame, este oficio no tiene nada de fácil. A la hora de hacer cuentas éstas se vuelven largas y onerosas. Se disfruta el dinero por horas pero luego hay que pagarlo todo. Aquí no hay esperas, ni dilaciones, ni afectos, ni amigos ni nada que reconforte el esfuerzo de cualquier actividad laboral. Sobre todo porque aquella gente que desea irse del narco por frustración y esta clase de escrúpulos, es allí donde empieza un camino siempre sin retorno”. También me transmitió: “Podría escribir líneas y líneas al respecto. De hecho lo he hecho a través de artículos que intenté publicar en un diario de habla inglesa pero no hubo una respuesta afirmativa”. Remata su escrito con una grave advertencia: “Mi intención sólo es dar mi opinión acerca de una línea que yo sí crucé y la puedo contar. Entiendo la desesperación e impotencia ante la falta de ingresos. Pero si alguien desea cruzar la raya sepa que no tiene nada de fácil ni de idílica. Además, andar de envenenador es una sensación tan incómoda que no la calma ningún fajo de billetes”.
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