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Entrevista canibalesca

“El muertito sabía a borrego”, relata el antropófago al reportero Alejandro Almazán. El periodista recrea esta historia verídica digna de horror, ahora publicada por el sello Mondadori bajo el título “Gumaro de Dios, el Caníbal”.

Enrique Mendoza Hernández

“Busqué una espátula y con eso le raspé la panza. Quería sacarle el mondongo, así como el ganado, pero no tenía… Como vi que no tenía mondongo me agüité. Entonces lo descuarticé más para que le saliera la grasita y hacerme un caldito. Mientras se vaciaba, decidí cortarle un pedazo de pierna y lo puse a cocer. Hice unas tortillas y quise comerme el trozo, pero estaba muy correoso. Por eso mejor le corté otro chingadazo y lo colgué para que se secara. Ese día ya no pude dormir bien. Pensaba que el bato se iba a despertar y me iba a hacer algo. Por eso le decía a mi pensamiento: No Gumaro, si cierras los ojos este cabrón te va a ganar, no te duermas, no te duermas. Y no dormí… Hasta el otro día, cuando fui a comprar chiles, limones y cebollas, pude comerme el pedazo de pierna y unas costillas que le arranqué. Yo dije que sabía a borrego, pero ahora creo que el humano sabe como a pollo”, relata con megalomanía el antropófago su brutal caso al reportero egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Y continúa el maniaco:
“Antes de que amaneciera se me ocurrió sacarle todo lo de adentro: El corazón, el bofe, los riñones y el hígado. Y con la grasita puse a las brasas las costillitas. Estaban bien ricas. En serio, no te estoy engañando. Si yo no sé por qué les asusta. Quise comerme los dos riñones, pero como a uno le cayó una mosca ya no pude, me dio asco y mejor lo tiré. Lo mismo le pasó a un testículo: Se mosqueó y ya no le entré. Lo dejé por ahí. Total, yo pensaba que tenía carne para quince días y podía tirar lo que quisiera”.

No es el expediente de José Luis Calva, “El Caníbal de la Guerrero”, aquel personaje que se identificaba como “poeta” y que, según las autoridades, cocinó en una sartén y se comió a su novia en 2007, además de, presuntamente, a otras dos o tres desdichadas que sufrieron la misma fatalidad.

Se trata de un antropófago avecinado en La Azucena, en el Estado de Tabasco, de nombre Gumaro de Dios, quien en diciembre de 2004 asesinó y se alimentó de su pareja del mismo sexo, de alias “El Pelón”.

“Es un caso real. Gumaro de Dios existe. En diciembre de 2004, ya en la flojera reporteril de fin de año, leí en Reforma la noticia. Le había dado tres, cuatro párrafos. Obviamente, como digo en el libro, fue una de esas noticias irresistibles. Había entrevistado a todo tipo de gente disparatada, pero, ¿un caníbal? Y me lancé a Playa del Carmen”, confiesa Alejandro Almazán a ZETA, a propósito de su libro acerca del brutal caso que lleva por título “Gumaro de Dios, el Caníbal”, editado por Random House Mondadori y presentado el jueves 21 de febrero en el Centro Cultural Tijuana (CECUT).

Con el espíritu reporteril, Almazán no se conforma con la curiosidad malsana de cómo el salvaje descuartiza cual pollo a su víctima: investigar es su misión.

Cual detective hambriento de descubrir “la verdad”, Almazán se lanza a escudriñar al bárbaro, convicto en la cárcel del Municipio de Playa del Carmen, Quintana Roo. Logra dos entrevistas con el megalómano:

“La verdad conté con suerte: Gumaro no ha dado entrevistas; en el fondo le asustaba la prensa, aunque se jactara de que él era un caníbal. Y  así empezó la historia. Yo la publiqué en el diario Universal y regresé porque el Canal 22 me pidió entrevistarlo. Como a los dos meses volví, pues estaba de vacaciones en Playa del Carmen, y se me ocurrió visitarlo”, cuenta a este Semanario.

“Lo tuve enfrente hasta el año pasado, cuando en la editorial (Random House Mondadori) me comentaron si me latía hacer una crónica sobre Gumaro. Eso ocurrió en abril (de 2005).

“Y durante mayo, junio y julio lo visité en el hospital. En ese tiempo, también, fui a la Azucena, la ranchería donde vivió. Y luego vino la  tecla. En síntesis: lo que leíste, y que me da gusto te haya gustado, es un trabajo meramente periodístico. Nada es inventado. Todo, absolutamente todo, es real”.

Adicto a la “motita, el perico y el chemo”, el embrutecido cuenta al reportero sus “hazañas”: “Me culié a una yegua blanca, (porque) creía que era una gabacha; abusé de un sobrino, cuando él todavía estaba muy morro”, cuenta de viva voz.

El periodista que participó en talleres con Alma Guillermoprieto y Ryszard Kapuscinski, narra con maestría el pasado del carnicero. Su ansiedad reporteril lo conduce hasta la ranchería donde el demente nació: La Azucena, Tabasco. Allá entrevista a sus hermanas, padres, vecinos, maestros, parientes y amigos. Además de la entrevista en el Penal de Playa del Carmen, Almazán logra un segundo diálogo con el portador de VIH en el Centro Federal de Rehabilitación Psicosocial, en Ciudad Ayala, Morelos.
Las macabras peripecias del esquizofrenoparanoico y todo lo que el reportero investiga, se narra con una devoción que la lectura envuelve inmediatamente. El escritor Élmer Mendoza así lo certifica:

“Con un estilo apasionado, Almazán nos arrastra a un mundo que de inmediato se vuelve delirante. Pronto nos vemos atrapados en la forma perfecta en que desarrolla la historia”, escribe el autor de novelas como “El Amante de Janis Joplin”, “Cóbraselo Caro” y “Efecto Tequila”, publicadas por Tusquets Editores.

– ¿El tema del canibalismo en tu libro surgió antes, durante o después del caso del “Caníbal de la Colonia Guerrero”? ¿Cuál es tu conclusión sobre el “Caníbal de la Guerrero”?
“Gumaro existió antes. La verdad sonará cruel lo que digo, pero el caso de José Luis Calva fue una mera coincidencia que le ha ayudado a mi libro. No puedo mentir en ello.

“Sobre el caso de José Luis no hay tal canibalismo. Te cuento: cuando salió la noticia no pude abstraerme de ella. Acababa de entregar el libro de Gumaro y que existiría otro presunto caníbal me imantó de inmediato.

Entonces fui a la procuraduría capitalina con el Fiscal de Homicidios, Gustavo Sales. Él me mandó con un comandante que conozco  bien porque años atrás me ayudó a reportear el asunto del ‘mataviejitas’ en el Distrito Federal. El comandante, bastante serio para fantasear, me dijo que no perdiera el tiempo, que la prensa sólo había exagerado, que José Luis ‘sólo es un pinche naco asesino´. Dos días después, volví a la oficina de Sales y él me dijo que sí, que todo era amarillismo. Me sorprendió porque él mismo había declarado a los medios que José Luis había comido carne de su novia Alejandra.

“Salí decepcionado de la autoridad. Y recordé que tiempo atrás, Sales nos había regalado la versión de la Finca El Encanto, ¿te acuerdas? La de ‘La Paca’ y Raúl Salinas. Sales trabajaba con Chapa Bezanilla. Para Emeequis, la revista en la que trabajo, hice un texto sobre el caníbal que había inventado la prensa y la Policía. Ahí conté lo que te estoy diciendo, sólo que sin el nombre del fiscal. Y al final teclee que José Luis no iba a salir vivo de la historia, que entre los reos hay códigos (hay que matar a la gente, sí, pero no hay que comérsela) y que eso le traería consecuencias. Ah, pero que ni la prensa ni la Policía tendrían remordimientos, los mismos que no tuvo José Luis para desmembrar a Alejandra. Así ocurrió. ¿Se mató?  ¿Lo invitaron a matarse? Hay muchas hipótesis. Yo me quedo con la segunda que te comento”.

– ¿Qué tanta influencia tiene tu actividad reporteril en tu novela? ¿Qué es para ti el periodismo y la literatura?
“El gran Kapuscinski me dijo una vez que el periodismo no está peleado con la literatura. En realidad, nosotros trabajamos con las letras y eso se llama literatura. Es obvio que el aprendizaje en este oficio te  lleva a saber escuchar y preguntar. Creo, al final, que eso trato de hacer con Gumaro. No sé si lo logré, pero yo no fui con él a presentarme como un MP, sacerdote, juez o Freud. Fui a escucharlo, como toda la gente que suelo entrevistar para mi oficio diario. Creo que Gumaro es el resultado de 16 años en este oficio.

“Ahora bien: el periodismo es contar historias, cuentos reales. La  literatura también, aunque la mayoría de los escritores prefieren la ficción. Supongo porque crear mundos es excitante. Si tú revisas el periodismo que están haciendo los brasileños, argentinos, colombianos, peruanos, por ejemplo, te vas a dar cuenta que están contando historias con andamiajes literarios bien fregones. Atrapan la historia, pero también se preocupan cómo deben contarla. No les interesan las declaraciones, las citas escandalosas, el dato duro por el dato duro. No: ellos cuentan historias de una manera tal que atrapan y sigues leyendo. Creo que a eso debe de aspirar un medio y no a un trabajo de maquiladora,  donde lo importante es teclear una nota con errores ortográficos, con una cruel sintaxis y esos dedazos que el lector, que no es tonto, lo mira y se ríe. A mí me late ese periodismo. Me siento en la compu y pienso que le voy a contar la historia a mi madre (aun muerta lo sigo pensando). No me interesa teclear para los reporteros ni para los jefes. Me interesa contarle las historias a la gente. Tomás Eloy dice que lo más difícil de un reportero es poner su nombre en la nota. Y es cierto: Ahí se te va todo. Entonces, cada vez que te sientas frente a un ordenador, debes pensar en la responsabilidad que tienes frente al lector, de ese ser al que no conoces, pero que de él vives. Y si vives de él, lo menos que puedes hacer es contarle una buena historia, algo que lo saque de su cotidianeidad y lo traslade a ese mundo que le contaste. Que huela, sienta, vea, pruebe y escuche lo que a ti, como reportero, te tocó vivir. Además, si has ido a robarle la historia a una persona, lo menos que puedes hacer es contarla lo mejor posible”.

– ¿Cuáles son tus planes en el terreno literario? ¿Vas a seguir escribiendo novela?
“Me encanta la literatura. Es lo más parecido a un orgasmo. Lo supe cada día que me clavé en ‘Entre Perros’, una historia de tres amigos que nacieron en el pueblo de Diosmio, en la sierra sinaloense. Uno se llama Ramón Gallardo, otro Carlos Mondragón y el último Diego Zapata. Están condenados a sembrar mota y amapola hasta que un día un comando de sicarios van a acribillar a todos los hombres del pueblo. La razón: van por el más pesado de la sierra, el Calayo. Carlos se salva porque anda monte arriba con su novia. Diego, porque su abuela lo alcanza a meter en una letrina. Ramón, sin embargo, es trepado al camión de redilas que sirve como paredón y sufre el carraqueo. Sobrevive. Sólo sufre un disparo en la nalga, porque le caen todos los cuerpos encima. Desde entonces le apodan ‘El Bendito’.

“El éxodo del pueblo se da. Ramón y su madre se van a Tijuana. Ahí muere su madre: la levantan, violan y matan. Ramón maldice a la raza humana. Carlos se va a Culiacán y se vuelve promotor boxístico. Y Diego, con su abuela, se va a DF, donde estudia periodismo.

“Un día, en Culiacán, hay un asesinato en el Puente Negro, el puente del ferrocarril, Crucifican a un chavalo. Diego, ególotra, vividor, mentiroso, ávido de fama, viaja a Culiacán y vuelve a encontrarse con sus amigos. Resulta que Ramón es quien ha matado al chavalo y ese chavalo no es cualquiera: es el hijo del narco más pesado de Tamaulipas.

“Diego termina traicionando a sus amigos. Tanto que los matan. Tres años después, cuando la vida de Diego es una basura, le falta conocer el verdadero hoyo: recibe una carta y toda la historia que te he contado cambia drásticamente. Entonces, a la mitad de la novela, empieza otra novela.
“Las horas que le invertí a la novela me ayudaron a que la crónica  de Gumaro se redactara en veinte días. Veinte días que es poco, pero estaba contra el tiempo. La editorial necesitaba sacarla antes de la FIL (Feria Internacional del Libro) para presentarla en Guadalajara. Así fue, logró imprimirla. Pero no la presenté. El día que estaba agendada la presentación murió mi madre, mi ángel de la guarda, y regresé a DF a despedirla. Durante todo diciembre desaparecí. Anduve en el letargo. Por eso hasta ahora ‘Gumaro de Dios, el  Caníbal’, está echado a andar”.

El tres veces ganador del Premio Nacional de Periodismo (2003, 2004 y 2006) en la categoría de crónica concluye:

“Le prometí a Gumaro llevarle su libro. El problema es que ya no me dejan entrar al hospital. Se dieron de cuenta que soy reportero. Estoy viendo cómo se lo doy. Seguro esa será otra historia para contar”.


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