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Clima impredecible en Baja California.

De heladas a veranos extremos

Mientras que los científicos del CICESE aceptan que fallaron en sus pronósticos para esta temporada de lluvias, advierten severos riesgos en el noroeste mexicano asociados al cambio climático mundial. Se refieren a la escasez de agua, la intensificación del calor y el frío prolongado. Explican las razones de los sismos.

Javier Cruz Aguirre

En lo que al invierno se refiere, los pronósticos climatológicos para la región fueron un fracaso en ambos lados de la frontera. Esto, a la vez, como consecuencia del cambio climático global visto por los expertos con pesimismo ante los posibles estragos a futuro tan sólo en el norte de México.

Así piensan los científicos del Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (Cicese) quienes ya reconocieron que fallaron a la hora de calcular la cantidad de precipitación para la época en Baja California. Igual le sucedió a los expertos de California, Arizona y Nevada.

Es que tanto el laboratorio meteorológico del Cicese como los investigadores atmosféricos de Estados Unidos estimaron, antes de empezar el ciclo invernal, que se presentaría en la región un fenómeno conocido como “La Niña”, que hacía prever sequía y frío. Caso contrario, al término de la semana pasada existía una precipitación acumulada de casi 250 milímetros en Ensenada, es decir 40 por arriba de lo normal para la temporada. Y todavía quedan dos meses y medio.

Además, como apuntó Alfonso Higareda Cervera, encargado del laboratorio meteorológico del Centro, este invierno presenta un raro efecto de humedad que otros científicos de México y Estados Unidos asocian con los marcados vaivenes del clima.

La doctora Tereza Cavazos, investigadora del Departamento de Oceanografía Física de la División de Oceanología del Cicese, recuerda que Baja California se ubica en una región de zonas áridas y semiáridas que, si bien son las menos aptas para la agricultura, representan, al igual que otros estados del norte y centro del país, uno de los mayores productores de granos, hortalizas, pastizales y ganado en México.

Estas zonas áridas y semiáridas, que ocupan más del 53 por ciento del territorio nacional, se identifican por un clima altamente variable a escala interanual con importantes implicaciones en diversos sectores socioeconómicos de la región, en especial aquellos que se relacionan con el uso y manejo del agua y la agricultura.

En un artículo que tituló "Variabilidad y cambio climático en las zonas áridas de México", publicado en marzo del año pasado, Cavazos informa que un reporte del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (Ipcc, por sus siglas en inglés) del 2001 mostró evidencias de que las zonas áridas y semiáridas, las franjas costeras, y las que tienen riesgo por inundaciones, son particularmente vulnerables a la variabilidad y cambio climático.

Recordó que trabajos recientes como el Cuarto Reporte del Ipcc, presentado en febrero de 2007 en París, muestran un claro incremento de aproximadamente 0.7 grados Celsius en la temperatura media anual en América del Norte en los últimos 25 años.

En charla con ZETA, Cavazos comentó que este aumento se atribuye a gases de invernadero (vapor de agua, dióxido de carbono, metano, óxidos de nitrógeno, ozono y cloro fluoro carburos artificiales)  producidos por la actividad que realiza el hombre en su  medio ambiente.

La escasez del agua

“A escala regional otros autores reportan aumentos en la temperatura mínima en las zonas áridas de México y un aumento en el número de días secos por año”, señaló Cavazos.

El problema, agregó, es que un cambio en las temperaturas tiene impacto no sólo en la sociedad, sino también en la flora, la fauna y en la agricultura, por lo que podrían producir migración de especies y la necesidad de adaptarse a un nuevo régimen climático.

En su artículo la doctora explica que por esto se espera un cambio gradual en el promedio de otras variables climatológicas, lo cual intensificará el ciclo hidrológico produciendo más inundaciones y sequías, más ondas de calor y, a la vez, heladas.

Agrega que la sequía más reciente en el noroeste de México, que ocurrió de 1994 a 2002, y que fue más intensa que la sequía de los años 50, produjo fuertes pérdidas en el sector agrícola y ganadero, así como escasez de agua.

“Se proyecta que la disponibilidad de agua para el año 2020 en la península de Baja California, el río Bravo y las cuencas del norte será menor a los mil metros cúbicos por habitante al año”, dijo la científica.

También señala riesgos en cuanto a la probabilidad de lluvia y eventos extremos:

“El incremento en la variabilidad de eventos climáticos extremos provoca una mayor exposición de la población a los desastres. Por ejemplo, 1998 fue un año de ‘Niño’ muy fuerte, fue un año de incendios forestales y de sequías generalizadas en muchas regiones del país. De acuerdo a un reporte de la SEMARNAT (Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales) correspondiente al año 2000, se quemaron 849 mil 632 hectáreas, el área más grande siniestrada en una sola estación”.

Cavazos acepta que varios estudios, incluyendo los elaborados por los investigadores de Ensenada, también documentan que los eventos extremos de lluvia de verano se han incrementado significativamente en las zonas áridas y semiáridas del país en los últimos 25 años. “Es decir, se han observado intensas sequías y fuertes lluvias. Muchas veces las lluvias torrenciales y desastrosas que duran unas cuantas horas o días no son suficientes para aminorar una sequía persistente de varios años”.

Por ello, menciona a ZETA, es “desafortunado” que, en zonas urbanas y deforestadas, el agua que escurre durante estos eventos extremos generalmente se pierde. “Por eso es muy importante la reforestación como un medio para evitar deslaves y erosión; además, la vegetación es sumidero de bióxido de carbono.

“Esto evidencia el riesgo y la vulnerabilidad de muchas zonas del país debido a una combinación de factores antrópicos (impactos de la actividad humana en el medio ambiente) como la gestión inapropiada de cuencas, mala infraestructura, exposición de laderas por procesos productivos, deforestación, urbanización en zonas de riesgo y costeras y a los altos índices de pobreza", puntualiza respecto de una mayor intensidad en los desastres naturales”.

Pero también refleja por un lado, la falta de capacidad humana en el área hidroclimática para prevenir los fenómenos extremos y, por otro, la ausencia de políticas gubernamentales que vigilen por el bienestar de la sociedad.

Por ello pronostica: “Los escenarios para el siglo XXI no son alentadores para el campo mexicano; las temperaturas seguirán aumentando, las lluvias serán menos y más variables, lo cual significa más sequías y, al mismo tiempo, más lluvias intensas, pero de muy corto plazo”.

Y recuerda que la Estrategia Nacional de Acción Climática (2000) del Ipcc en México enfatiza que la vulnerabilidad de la sociedad y los ecosistemas a los probables impactos del cambio climático es un problema de seguridad nacional que tiene que ver con el aumento de asentamientos poblacionales y su infraestructura, y con la integridad de los ecosistemas y los servicios ambientales que prestan a nuestra economía.

“Las experiencias de otros países nos han mostrado que sólo con programas de monitoreo permanente se puede mejorar el conocimiento científico de los fenómenos naturales. Para esto es de vital importancia fortalecer la formación de recursos humanos en las áreas de clima e hidrología a nivel medio y superior.

Así, estima que la formación de recursos humanos, el desarrollo científico y la transferencia de información oportuna, ayudarán a la formulación de políticas y toma de decisiones adecuadas que velen por el bienestar de la población y los ecosistemas.

“Es necesario apreciar que los recursos destinados a la investigación científica, al monitoreo continuo, al uso de información climática y a la prevención y mitigación del impacto de los fenómenos naturales para reducir la vulnerabilidad, son una inversión de muy alto rendimiento tanto en lo económico como en lo social y lo político”.

Los efectos en el mundo

Corresponde a Juan Carlos Reguera, investigador del Cicese, citar algunos de los efectos que el cambio climático provoca en el mundo de acuerdo con las conclusiones que presentó el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, patrocinado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en el cual participan cientos de científicos.

En principio el informe concluye que las actividades humanas son causantes de muchos de los cambios físicos y biológicos observados y ampliamente reportados en los medios de información, y que están asociados al calentamiento global, el que, a su vez, es consecuencia de la emisión de gases invernadero a la atmósfera.

“El retroceso de los glaciares, el florecimiento temprano de árboles, matorrales y plantas, el blanqueamiento de corales, la acidificación de los océanos, las ondas de calor mortíferas, la alteración de patrones de migración de aves, el retroceso de las mariposas hacia mayores alturas en las montañas, entre otros, son respuestas —con un alto índice de probabilidad— a la carga cada vez mayor de gases invernadero en la atmósfera”.

El documento también pronostica un futuro muy desalentador: “Los impactos climáticos negativos van a incidir especialmente sobre los países más vulnerables, todos aquellos que no tengan recursos para adaptarse a las nuevas condiciones. Aunque los países más pobres pueden ser los más vulnerables, también los países más ricos van a sufrir las consecuencias. Basta recordar cómo la última onda de calor que arrasó el sur de Europa en el 2003 cobró 30 mil vidas de personas, en su mayoría gente mayor, y cómo el huracán Katrina acabó con 700 vidas, pobres en su gran mayoría, con un alto costo social y económico parcialmente amortiguado por la dinámica economía estadounidense, lo que desgraciadamente confirma la vulnerabilidad que la pobreza confiere a las sociedades y grupos incapaces para adaptarse a los cambios climáticos”.

Incluso las predicciones más moderadas sobre el cambio climático para las próximas décadas —apunta—, confirman una disminución en la producción agrícola en las bajas latitudes como consecuencia de las sequías al tiempo que aumentarán las enfermedades y muertes por ondas de calor e inundaciones.

“Hacia la mitad del siglo (los panelistas) calculan que cerca de un 30 por ciento de las especies pueden estar en riesgo de extinción. Y afirman que aun en el caso de que se detuvieran las emisiones de gases invernadero inmediatamente, muchos de estos cambios serían inevitables. Los humanos vamos a tener que adaptarnos a este calentamiento, si podemos”.

El estudio del Ipcc está basado en 29 mil series de observaciones de 75 estudios. El 89 por ciento de todas estas series mostraron cambios como, por ejemplo, retroceso en glaciares o florecimientos tempranos que consistentemente muestran una alta sensibilidad al calentamiento.

Para el noroeste de México una de las predicciones más preocupantes de los autores del reporte “WGII” —expuesto en repetidas ocasiones por la doctora Tereza Cavazo— muestran cómo los pronósticos de los modelos climáticos para las latitudes medias, el norte de México y suroeste de los Estados Unidos, anuncian severas sequías y procesos de desertificación que se extienden al Caribe, noroeste del Brasil y a la región mediterránea para mediados de este siglo.

“En otro estudio basado en un registro anual de la variabilidad ecológica del sur de la corriente de California, reconstruido a partir de sedimentos laminados de alta resolución, observamos cómo un componente importante de la flora de la corriente de California muestra una clara respuesta al calentamiento a lo largo del último siglo con profundas y aun desconocidas consecuencias para la ecología y pesquerías de esta importante y dinámica región”.

Ante estas observaciones y predicciones, Reguera menciona que es urgente poner “manos a la obra" para, por un lado, frenar la emisión de gases invernadero y, por otro, investigar sobre procesos de captura y almacenamiento del carbono, así como sobre la adaptación tecnológica, social y económica a un futuro cada vez menos incierto y cálido, alimentado por las crecientes necesidades energéticas y agrícolas de las sociedades en desarrollo.

“Como muchas veces nos sucede en la vida, podemos ver estos problemas como que el vaso está medio vacío — ‘esto es una catástrofe’—, o como que la copa está aún a medio llenar — ‘ésta puede ser una oportunidad para generar nuevas tecnologías y procesos de cambio’—. Donde pongamos el fiel de la balanza tiene profundas implicaciones y consecuencias para varias generaciones venideras, la responsabilidad está difícilmente compartida a lo largo de la historia y entre varios países industrializados, lo que lo hace más difícil de asumir por todos, pero las consecuencias nos van a afectar a unos más que a otros. Las decisiones son nuestras”.


El mito del gran sismo

Un sismo de gran magnitud no provocará que la península de Baja California se separe del continente. Eso no es más que un mito, curiosamente propagado hasta por la prensa nacional la semana pasada, luego de los más de 400 temblores que mantuvieron en tensión a los mexicalenses.

La falsedad de tal afirmación fue confirmada por el Departamento de Sismología del Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (Cicese).

Un comunicado de la Red Sísmica del Noroeste de México (Resnom), instalada y operada por investigadores y técnicos del Cicese, afirma que en la Tierra no se puede acumular la inmensa cantidad de energía necesaria para que esta separación ocurra con un solo temblor.

No obstante, se sabe que la península, junto con la porción suroeste de California, se mueve hacia el noroeste en un proceso de separación muy lento, el cual tardará millones de años en completarse.

“En Baja California tiembla debido a que el proceso de separación de la península respecto del macizo continental es aún activo a lo largo del sistema de fallas conocidas como San Andrés-Golfo de California”.
El documento explica que la península de Baja California es parte de la Placa del Pacífico mientras que el resto del país está ubicado en la Placa de Norteamérica.

“Diversos estudios han demostrado que el movimiento relativo entre estas dos placas es de aproximadamente seis centímetros por año”.

Es por eso que la península está separándose lentamente del resto de nuestro continente.

“Estas placas (del Pacífico y Norteamericana) se desplazan horizontalmente en sentidos opuestos, de tal manera que la península de Baja California viaja en dirección noroeste con respecto al resto del país a una velocidad promedio de seis centímetros por año”, reitera.

Así, aunque no existe una razón suficientemente fuerte para garantizar que este proceso de movimiento relativo entre placas continúe por millones de años, se cree que de permanecer dicho proceso la península viajará aproximadamente mil kilómetros en unos 16 millones de años, ubicando para ese entonces a la ciudad de Ensenada frente a San Francisco, California.

Aparte, el documento revela que al año ocurren varios millones de temblores de diversas magnitudes en todo el mundo, aunque sólo los de mayor magnitud son los que causan daños a la sociedad mientras que los menores son detectados por equipos sismológicos de muy alta sensibilidad.
De acuerdo con estadísticas basadas en catálogos de actividad sísmica mundial, en promedio en un año apenas se da un terremoto de magnitud 8 o mayor, 18 con magnitudes entre 7 y 7.9, 120 con magnitudes entre 6 y 6.9, 800 con magnitudes entre 5 y 5.9, seis mil 200 con magnitudes entre 4 y 4.9, y 49 mil con magnitudes entre 3 y 3.9.

Temblores de menor intensidad a las indicadas pueden suceder por miles durante cada día; la energía que éstos liberan es depreciable si se la compara con el potencial librado por los grandes terremotos.

“La energía sísmica liberada durante un terremoto de magnitud 8.0 es equivalente a la energía de alrededor de mil millones de micro temblores de magnitud 2.0”, precisó el reporte. (Javier Cruz Aguirre/ZETA)

 
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