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Carlos Fuentes, disperso

El jueves 24 de abril, ante unas 800 personas, el escritor mexicano ofreció algunos puntos de vista deshilvanados en torno a la globalización. Al final, accedió a una firma de libros sin límite de tiempo.

Gabriela Olivares Torres

Ni la distancia, el cada vez más lento cruce fronterizo y el congestionamiento de los freeways en hora pico, fueron motivo para que los mexicanos de este lado de la frontera dejaran fuera de la agenda la conferencia que Carlos Fuentes ofreció el pasado jueves 24 de abril en el Mandeville Auditorium de la UCSD (Universidad de California en San Diego).

Eso se notó a leguas cuando el escritor tuvo la ocurrencia de darle la bienvenida al público y mandar un saludo especial a sus “paisanos de Tijuana”.

El aplauso estalló, los gritos retroalimentaron. No fue para menos. Gracias al patrocinio de la Universidad, junto con el Instituto Cultura de México en San Diego -del Consulado General de México en San Diego-, se tuvo la oportunidad no sólo de escuchar de viva voz los puntos de vista del autor, resultado de 80 años de andar por el mundo, sino que como oportunidad excepcional, Fuentes había hecho la promesa de no retirarse del lugar hasta que el último lector que solicitara la firma de uno de sus libros, la obtuviera.

Claro está que la petición más común fue el autógrafo a los atesorados ejemplares de “La Región más Transparente”, quizás la novela más celebrada del narrador mexicano y que, además, en este 2008 cumple 50 años de su primera edición.

Razones de sobra, entonces, para comprender  la saturación del público que hasta armó hileras improvisadas en los pasillos con sillas metálicas de tijera puestas a última hora, pues las butacas del amplio auditorio ya tenían dueño.

Incluso hubo gente que se quedó sin entrar a la charla gratuita, entre ellas Teresa Vicencio, la directora del Centro Cultural Tijuana (Cecut). Había que haber llegado muy temprano a la Universidad de La Jolla.

El caso es que los seguidores de Fuentes no esperaron mucho para recibir a un escritor que sabe perfectamente cómo manejar el discurso, motivar expresiones de admiración, sonreír como estrella de cine y recibir expresiones de adulación con los brazos abiertos, como si se tratara del protagonista al cierre de un grandioso concierto.

Carlos Fuentes es su notable personalidad sumada a una literatura definitiva para terminar de entender la complejidad de ser mexicano desde, otra vez, “La Región más Transparente” hasta “Cristóbal Nonato”, sin dejar de lado, por supuesto, “La Muerte de Artemio Cruz” y “La Silla del Águila”, entre tantas obras.

Y sin más preámbulo, el discurso comenzó teniendo como base un escrito en español que anteriormente había leído en Guadalajara.

Después de una presentación a cargo del doctor Max Parra y con su esposa Silvia Lemus acomodada entre los lugares reservados, Fuentes explicó su perspectiva de la “Globalización, un Nuevo Acuerdo para una Nueva Era”.

Habló en inglés. Prácticamente sin acento hispano partió de anécdotas chuscas; por ejemplo, dijo que en tiempos de la Guerra Fría los optimistas aprendían ruso y los pesimistas chino. Ahora los optimistas estudian inglés y los pesimistas, español.

Las reflexiones light continuaron a lo largo de una exposición dispersa, poco novedosa, a la que los cerca de 800 espectadores  permanecieron sumamente atentos. Sin duda fue un auditorio de lo más diverso: académicos norteamericanos, latinos, amas de casa y estudiantes de todas las edades, etnicidades y profesiones.

El recuento histórico fue la premisa de Fuentes; recordó que el fenómeno globalizador no inició con la caída del muro de Berlín en 1989, sino que tiene su antecedente en el Siglo XV, cuando se dio una situación similar a raíz de dos descubrimientos: el hallazgo de América por Colón y el encuentro de Copérnico con los cielos. Ahí fue cuando la apertura comercial se empató con la generación de un pensamiento universal. Sin embargo, la oportunidad nunca se da sin conflicto, que en este caso fue el reconocimiento a los derechos de los indígenas por los europeos.

Después, un nuevo marco de posibilidades surgió en tiempos de la revolución industrial en Inglaterra y la revolución política de Francia y Estados Unidos, por allá del Siglo XIX. En semejantes escenarios los conceptos de derecho laboral e igualdad social se problematizaron bajo nuevas circunstancias económicas e ideológicas, tal y como quedó documentado en la obra de Charles Dickens y Emilio Zolá.

Lo que ahora sucede es una repetición de la historia, punto que Fuentes enfatizó desde un principio al advertir que “el progreso no es suficiente, también necesitamos memoria”.

En este panorama contemporáneo el desequilibrio se repite, junto con los peligros, temores, chovinismos, nacionalismos y unilateralismos de épocas anteriores, siendo la guerra preventiva el peor riesgo, así como la tan desigual distribución de riqueza.

Sobre este último punto, Fuentes se detuvo para aportar estadísticas tantas veces revisadas que se resumen en una: el 80 por ciento del poder económico se concentra en el 20 por ciento de la población mundial.

En otras palabras, lo que se ha visto a raíz del neoliberalismo es un aumento acelerado de la pobreza a raíz, de la cual dos billones de individuos no gozan de servicios médicos, mientras que 40 millones de personas en todo el planeta mueren de hambre anualmente.

Al tiempo en que vaticinó que “estamos a punto de una nueva depresión” económica, el prosista se refirió a la solución equívoca que la Alemania de Hitler dio a la resaca de la crisis financiera estadounidense de los años treinta: el odio. Mientras que Franklin Delano Roosevelt ofreció una solución ciertamente riesgosa para resolver el dilema fundamental de su gobierno: 50 millones de desempleados en el país. A grandes rasgos, el presidente estadounidense apostó por el recurso más grande que tiene un país, su gente. Desde ahí formó el llamado “Nuevo Acuerdo” con el que fomentó la agricultura, apoyó a ganaderos, impulsó la industria, creyó en sus ingenieros y dio un voto de confianza a los arquitectos.

“Si fallo no seré el peor presidente de América, seré el último Presidente de América”, habría dicho Roosevelt en aquellos momentos. La resolución llevó tiempo, pero prosperó, anotó Fuentes.

La anécdota sirvió de preámbulo para la recomendación que, acto seguido, el creador no tardó en hacer: invertir en la población, brindando educación en un mundo donde 130 millones de niños aún no tienen acceso a la escuela.

“La educación es la verdadera fundamentación del progreso”, recalcó el conferencista para luego argumentar que se necesita construir desde abajo, con la dignidad que ofrece el trabajo y ante la dificultad que impone la desinformación en una etapa de exceso noticioso vía internet.

Por otro lado, Carlos Fuentes apuntó el tema de la identidad adquirida en América Latina que ahora enfrenta el desafío de “una diversidad por adquirir”. Y aquí fue donde extendió su respuesta al afirmar que sólo la apertura cultural permitirá erradicar la desigualdad económica, política y social.

Encima de dicho punto medular, el intelectual mexicano criticó asuntos punzantes para la región, al considerar que "los problemas de la zona Tijuana-San Diego no son exclusivos de la frontera México-Estados Unidos; también se presentan en otros lugares como en Sudamérica, en la frontera entre Argentina, Bolivia y Paraguay”.

En otras palabras, una consecuencia natural de la globalización es la migración misma que no podrá frenarse con la edificación de muros calificados como “una respuesta demagógica ante el miedo”, mismos que están condenados al fracaso, dado a que los procesos de intercambio global terminarán por “borrar las fronteras y nuevas comunidades serán constituidas”.

Y  como una paradoja moderna, planteó: “La libertad política se defiende, pero el libre flujo de gente de condena”. No obstante,  poco escatimó el regaño para su país de origen dentro de un breve segmento que se abrió al final de la charla para responder algunas preguntas de la audiencia.

En esta sesión fue cuando Fuentes señaló: “Me encantaría que México le diera empleo a los mexicanos, pero luego el problema sería para los norteamericanos, que no tendrían trabajadores para los trabajos que los demás no quieren hacer”. Aplausos.

A su vez condenó las fobias, la persecución, preámbulos de represión y genocidio, como antes se ha visto. Para ello insistió en la construcción de una nueva legalidad que dé orden a la realidad emergente.

En pocas palabras, Fuentes cuestionó: “Estamos en el mismo barco, ¿será el “Titanic” de DiCaprio, o “La Niña” de Colón?”.

Resumen, vaya, de una exposición amena, sí, pensada para el público en general que se mostró satisfecho con un tributo de pie y más choque de palmas y exclamaciones de júbilo.

Para el día siguiente se anunció el encuentro de Carlos Fuentes con alumnos selectos de UCSD, con quienes, de seguro, continuó el ritmo de disertaciones ágiles, tal vez con mayor sustento exigido.

Finalmente, el domingo 27,  a bordo de una aerolínea norteamericana, el autor de “Gringo Viejo” dejó atrás estas tierras, donde hace tiempo vislumbró una “Frontera de Cristal” que nadie más ha podido ver.


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