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Mesa de regalos
Una muy coqueta viejecita de más de 80 años entra a una farmacia.
– ¿Tienen anestésicos?
“Sí, señora”.
– ¿Y antirreumático?
“Sí, señora”.
– ¿Tienen Viagra?
“Sí, señora”.
– ¿Tienen crema contra las arrugas?
“Sí, señora”.
– ¿Tienen pomada para las hemorroides?
“Sí, señora”.
– Y por casualidad, ¿tienen somníferos?
“¡Sí, señooraaa!”.
– ¿Tienen productos para la memoria?
“¡Sí, señoraaaaaa!”.
– ¿Tienen ustedes…?
“Por favor señora, esto es una farmacia y aquí tenemos todos los productos que usted pide, ¿cuál es su problema?”.
– Mire, lo que pasa es que me voy a casar con mi amigo Celestino, que va a cumplir 95 años a final de mes, y queremos saber si podemos poner aquí nuestra mesa de regalos.
El Papa en el D.F.
Resulta que durante su visita a México, el Papa decide visitar el Distrito Federal. Cansado de tanto protocolo y alabanza, se decide a romper un rato las reglas. Cuando sube a la limusina para uno de los traslados no públicos, le dice al chofer:
– Hijo mío, tengo ganas de romper un poco el protocolo. ¿Serías tan gentil de dejarme manejar mientras tú te pasas atrás para descansar? Nadie puede negarle algo al Papa, ¿verdad?
Y aquí vamos con el Papa al volante y el chofer sentado atrás en una enorme limusina de vidrios polarizados. Un poco olvidado del arte de conducir, el Papa va por la Avenida Reforma, rumbo a la Basílica de Guadalupe; emocionado y bien adaptado a tierra sinaloense, se va pasando altos a exceso de velocidad, tumbando botes de basura, provocando un choque en cada esquina y haciendo poco caso a las señales de tránsito. Más rápido que de prisa se le pega una patrulla y lo detiene.
El Papa baja su ventana, al verlo el Policía se asombra y sin decir nada regresa a su vehículo, toma el radio y se produce el siguiente diálogo:
Patrullero: Patrulla 505 a Central. Cambio.
Central: “Sí oficial, ¿qué sucede? Cambio”.
Patrullero: “He detenido a un bato que parece muy influyente y poderoso y no se cómo proceder. Cambio”.
Central: “Pues haga lo común, manito y quítele una lana. Cambio”.
Patrullero: “No, es que este cuate ha de ser influyente de a madres y no me quiero meter en broncas. Cambio”.
Central: “Ah caray, ¿uno de nuestros capitos? Cambio”.
Patrullero: “No, ¡mucho más pesado que cualquier narco! Cambio”.
Central: “Ah fregado, ¿qué acaso es el orejas de Gortari o qué? Cambio”.
Patrullero: “¡No, no manches, cualquier ex presidente mexicano le viene guango a este señorón!”.
Central: “Ah canijo, ¿qué acaso es uno de los hijos malandros de Martita Sahagún? ¿O acaso uno de los jefes policíacos secuestradores de Ebrard? Cambio.
Patrullero: “¡N’ombre, tampoco!”.
Central: “¿Pues entonces quién es?”.
Patrullero: “Pues no sé, pero... se me hace que es Dios. Cambio...”.
Central: “Compañero, ¿está usted borracho, peneque o de plano amaneció de un color mamila subido? ¿Cómo que Dios? ¿De dónde sacó eso?
Patrullero: “Pos nomás calcúlele… ¡trae al Papa de chofer!”.
Autor: Investigador de la SIEDO.
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