Pánico
Existen teorías biológicas que se fundamentan en defectos físicos en el sistema nervioso de la persona que lo padece, tales como una hipersensibilidad nerviosa o un desequilibrio químico repentino.
Cierto es que en estos tiempos de inseguridad y violencia generalizada, muchos pueden sentirse paranoicos. Pero el temor y el miedo van más allá de lo que realmente el entorno representa. Emociones y sensaciones nacen desde el interior de la persona, mismas que si llegan a ser recurrentes e infundadas, nos están hablando de una enfermedad, de un padecimiento serio llamado Trastorno de Pánico.
Una persona está de compras en un supermercado muy concurrido, o manejando su auto en alguna avenida, o dentro de un ascensor; lo que sea, cuando de repente le sobreviene un ataque de pánico, un terror irracional que le hará crearse una fobia respecto a la actividad que en esos momentos estaba realizando y que ya nunca más deseará volver hacer, por temor a experimentar de nuevo el mal trance.
¿Ha presentado Usted cualquiera de los siguientes síntomas en cualquier situación y de la nada? Dolor en el pecho o corazón, dificultad para respirar, mareo, mucho sudor, ganas de vomitar, temblores, escalofríos, estremecimientos y hormigueo; incluso sensaciones de que se está fuera de control, de la realidad o hasta a punto de morirse. Cualquiera de estas manifestaciones habla del padecimiento conocido como Trastorno de Pánico.
Como se podrá apreciar, los síntomas son tan físicos que, generalmente, lo primero que piensa la persona que los experimenta es que está por sufrir un ataque al corazón, un infarto, un paro respiratorio, o una situación por el estilo que pone en peligro su vida. Algunos simplemente lo llegan a referir como “un ataque de nervios”, pero la situación es mucho más grave: estamos hablando de un mal psicológico.
Si el mal no se atiende o si se acude a un médico general que solamente atienda los síntomas físicos y no diagnostique el evento como un padecimiento sicológico, el paciente terminará frustrado y encerrado en un círculo vicioso provocado por su padecimiento, que se agravará con otras manifestaciones como:
Ansiedad Anticipatoria. El temor de sufrir otro ataque de pánico, lo conducirá a soportar su mal en soledad.
Aislamiento. Con el miedo de sufrir otro ataque de pánico, el paciente dejará de realizar actividades como ir al parque, manejar un auto o ir al cine, y dejará de llevar una vida normal.
Agorafobia. Es el miedo a estar en lugares públicos o abiertos, renuencia a estar entre las multitudes o viajar en autobús o avión. Llega el punto en que, definitivamente, la persona ya no sale de su casa.
No se sabe a ciencia cierta cuál es el origen del Trastorno de Pánico, pero lo que se ha visto es que se manifiesta entre miembros de una misma familia, por lo que tiene una base genética y puede ser hereditario.
También hay teorías biológicas que se fundamentan en defectos físicos en el sistema nervioso de la persona que lo padece, tales como una hipersensibilidad nerviosa, desequilibrio químico repentino, o hasta la ingesta de cafeína, alcohol u otras sustancias enervantes.
Lo cierto es que los números son ilustrativos: Tres millones de estadounidenses sufrirán alguna fobia que pude derivarse en un ataque de pánico.
En 2003, la Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica (ENEP) realizó un estudio en nuestro país, en la cual se determinó que los trastornos de ansiedad –dentro de los cuales se engloba el Trastorno de Pánico- son el padecimiento mental más frecuente y crónico entre la población. Los grupos más frecuentes que manifiestan trastornos mentales de ansiedad en México, son la población urbana de 18 a 64 años. Aunque la enfermedad puede aparecer desde la pubertad, el Trastorno de Pánico surge generalmente en los jóvenes entre 18 y 24 años. Otro dato revelador: El Trastorno de Pánico lo padecen el doble de las mujeres con relación al hombre. Es decir, por cada diez sujetos masculinos que sufren ataques de pánico, habrá 20 mujeres.
El Trastorno de Pánico debe ser tratado, y para ello existe tanto medicamentos como terapia; ambos tratamientos tienen una probabilidad de éxito del 60 al 90 por ciento. La medicación incluye antidepresivos o benzodiacepinas, mientras que la terapia, de tipo conductual cognitiva, consiste en que el paciente aprenda sobre su enfermedad, la controle, la replantee y hasta aprenda a respirar.
Aunado a ello, será de gran ayuda una dieta balanceada, ejercicio y la disminución en el consumo de cafeína y alcohol.
“Un día, sin aviso ni razón, me sentí aterrorizada -refiere Norma Otero-. Tenía tanto miedo que creía que me iba a morir. Mi corazón latía muy rápido y sentía que la cabeza me daba vueltas. Sentía estas cosas cada par de semanas. No sabía cuándo me iba a dar el próximo ataque. Ya no quería salir de mi casa…”. Hasta que un día, una amiga de Norma tuvo a bien llevarla con un médico especialista. Al cabo de unos meses, los medicamentos y la terapia adecuada han disminuido su pánico. No ha sido fácil, pero “… me estoy empezando a sentir otra vez como yo era antes”. ( Juan Carlos Domínguez)
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