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Los Pinos

Para diversión de sus hijos y nietos, don José Espinoza compró y arregló una huerta muy cerca de Tacámbaro en el Estado de Michoacán. Tenía un ojo de agua conocido como Los Pinos y por eso nombraron así al enorme vergel. Hasta construyeron la gran, infaltable alberca. Honda para los mayores y chapoteadero al extremo para los peques. Había muchas palmas. Se daban café, plátano y níspero. Los historiadores anotaron: “Aquello parecía una selva”. En tiempo de floración se veían muy hermosas las bugambilias y especialmente las nochebuenas amarillas y rojas. El agradable lugar pasó de lo familiar a lo popular y famoso. Allí se ofrecían las comelitonas si de un motivo importante se trataba. Fiestas a políticos, cumpleaños, bodas o quince años.

En una de ésas fue invitado el señor Gobernador del Estado (1928-32) General Lázaro Cárdenas. Y entre los muchos convidados apareció don Cándido Solórzano. Llevó a su hermosa hija Amalia. El militar ya la conocía. Desde niños se divertían en el huerto, pero la historia reproduce el testimonio de la dama: “Ahí fue donde nos tratamos más y donde después nos hicimos novios”. Casados, con el tiempo, don Lázaro llegó a ser Presidente y huésped de la residencia oficial llamada La Hormiga, bautizada así por ser una de las mas pequeñas propiedades de don José Pablo Martínez del Río, hombre de negocios y dueño de enormes terrenos en el norte mexicano. Incluía el llamado Molino del Rey. Pero todo se lo expropió el Presidente don Venustiano Carranza en 1917. No hay un dato preciso si la decisión fue tomando en razón los intereses del Gobierno, o como represalia directa al señor del Río por haber simpatizado con el Emperador Maximiliano.

Total, don Lázaro llegó a La Hormiga. No quiso vivir en el Castillo de Chapultepec como todos los presidentes. Prefirió convertirlo en Museo de Historia. Después se sabría el motivo: Cuando fue Secretario de Gobernación con don Pascual Ortiz Rubio habitó en el alcázar. Pero le molestó no tener privacidad. Al llegar a la presidencia le ofrecieron la Casa del Lago y prefirió La Hormiga. Allí podría cabalgar a sus anchas sin que nadie anduviera curioseando. “Pero no le gustó el nombre de La Hormiga para su casa y entonces estuve pensándolo, pensándolo, hasta que le puso Los Pinos y mandó plantar muchos para que realmente le diera la razón de ser”, contó Doña Amalia.

Siendo presidente fue a Tacámbaro. Visitó a la familia Espinoza, dueña del famoso huerto. Le dio el pésame por la muerte de doña Enriqueta, viuda del fundador. El General Cárdenas se apersonó con Rosita, una de las herederas, diciéndole: “Quiero que sepa que a la casa de los presidentes en México le puse Los Pinos, en recuerdo de estos pinos. En donde conocí y amé a Amalia”.

Tres días antes de ser nombrado Secretario de Hacienda José López Portillo, en 1972, entré por vez primera a Los Pinos. Me invitó el Presidente Luis Echeverría. Directamente a la casa, no a las oficinas. Recuerdo los mexicanísimos muebles. Los tapetes yucatecos de ixtle, los colores intensos, árboles de la vida, el gran candelabro colimense y la enorme pintura de la numerosa familia en la sala. Los equipales eran distintivo sexenal. Desde ese año y con cada presidente fui en varias ocasiones. A veces al área de Comunicación Social, otras a la secretaría particular y las más, inolvidables, al despacho presidencial.

La semana pasada estuve en Los Pinos. La pulcritud mezclada con la elegancia y el silencio ceremonial hacen un escenario impresionante. Nunca simpaticé con José López Portillo pero no puedo negar la certeza de su frase: “En Los Pinos y no en Palacio Nacional se ha escrito la historia moderna de México”.

Terminado el motivo de mi visita solicité y mi amable anfitrión aceptó, dar una vueltecita por los jardines. Tres escalones de cantera, un descanso y otros tantos peldaños nos llevaron a un limpio andador adoquinado. En el barandal, del lado derecho, ni siquiera nos hizo caso una ardilla. Parada en las patas traseras, arriscada su hermosa y esponjada cola, me dio la impresión de recién bañada con champú, acondicionador y toda la cosa. Estaba muy atareada comiendo. Espaciadas a las orillas del andador, esculturas de musas en hierro verde-negro. Serían como las nueve de la mañana, pasaditas. Sentí la inconfundible frescura del bosque. Una media docena de pasos nos llevó a la explanada. “Aquí es donde tradicionalmente se reúne el Presidente con los maestros”. Tiene como quince a veinte metros cuadrados por extremos y uno de ellos luce antiguo pretil de cantera. El piso de mosaicos rojizos y garigoleados de azul en el centro. De tan hermosa explanada se puede seguir por otro pequeño andador sin pavimentar, con tal joroba como si fuera un puente y hermosas magnolias a los lados. Flores moradas, blancas y otras pringueadas.

Cerca de allí, sin hojas secas flotando, ni señales de basura, un estanque deja ver tan limpio el espejo de la superficie como el negro, inmediato fondo. Apenas me acerqué a la orilla, con las manos atrás para inclinado ver, y empezaron a serpentear unas, zigzaguear otras y muchas deslizarse como certeros torpedos. Todas, carpas japonesas. De un gris como los celulares o de un anaranjado brilloso.

Supe de un vivero para reforestar y que ahora pocos son los pinos debido a la gran contaminación en la zona. Pero abundan helechos, falangios, juníperos, azaleas, amareanos, hortensias, agapandos, naranjas, bugambilias sin faltar las jacarandas. Me enteré sobre un sistema especial para cuidar el jardín. A veces los árboles crecen tanto y juntan sus copas impidiendo pasar el sol. Entonces deben podar los jardineros o de plano desenraizar y plantar otro no tan alto.

Consulté libros y me enteré: En Los Pinos abundan cipreses, truenos, castaños, ahuehuetes, ocotes, cedros, yucas, olmos, palma fénix, tejocotes, colorines, duraznos, alcanfor, ciruelos, liquidámbar, acacias, capulines, sauces llorones y magnolias rodeando especialmente dos de varias fuentes. Una, cantera gris en forma de trébol y otra con adoquín rosa de Zacatecas. También hay muchos nísperos, ocotillos, álamos plateados, piñoneros, laureles de la India, ceibas y matimatigenes.

No la vi, pero al fondo del jardín, cerca del frontón, hay un área que utilizaba la esposa del Presidente Miguel de la Madrid para sembrar y cultivar zanahorias, espinacas, rábanos, lechugas y coliflor. Y también se daba el perejil, epazote, cilantro, hierbabuena y manzanilla.

Caminar entre todo aquello es agradable. Hay paz. Se tranquiliza uno ante la tupida, hermosa naturaleza. Y el pasto ha sido tan bien cuidado que hasta parece listo para un juego de golf. O como reza la vieja descripción: Parece alfombra. Desde los ventanales de su oficina en el segundo piso, el Presidente trabaja rodeado por tan hermoso vergel. Cerca vive con su esposa e hijos. Nada de otra parentela. Inmediatamente tiene a sus colaboradores. Secretario Particular, el de Comunicación y el Estado Mayor Presidencial, incluidos oficiales, secretarias, asistentes, vigilantes y servidumbre.

Obviamente no pregunté a mi amable huésped, pero por más que anduve buscando no encontré alicantes, lagartijas, cucarachas, víboras chirrioneras y tepocates. No me imagino de dónde las sacará Vicente Fox cuando llegue a Los Pinos. Bueno, eso dijo.

Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 24 de octubre de 2000; propiedad de Jesús Blancornelas.


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