Héctor Félix vivía solo en una casa del fraccionamiento Los Olivos, a pocos minutos del Semanario ZETA. Nunca anduvo armado, ni en su casa tuvo pistola o rifle. Por las noches y madrugada llegaba solo a su casa, y así salía en las mañanas.
Cayó en una rutina: cada mañana iba a donde fuera a desayunar; a veces un restaurante, otras con unos tíos, o a la casa de algún amigo; luego al periódico, donde leía los diarios. Vacilaba un rato con el personal y se iba a dar la vuelta para comer en lugar nunca fijo; luego, a pasear o al cine; si había beisbol o basquetbol o box, allí estaba; al salir hacía escala en ZETA antes de irse a dormir a su casa. Su vivienda está en una pendiente, dos, tres más debajo de la parte más alta; luego, está una especie de cañón, enfrente otro cerro. Desde allí, a menos de cien metros de su casa lo vigilaban cuando se dieron cuenta que Héctor sabía que lo seguían.
Pero ni caso hizo de las advertencias: no se cuidó, ni cambió su actitud hacia Hank Rhon en la columna. Aparte de lo que Héctor sabía, sobraron empleados del hipódromo que por quedar bien con él y por odio a Jorge, le contaban todo lo que pasaba ahí adentro: movimiento de dinero y de caballos; de las fiestas y los rejuegos; de todo. Y todo lo publicó.
Dos días antes de que lo mataran festejábamos un aniversario del Semanario. Una compañera se acercó en medio de la euforia para decirme que Héctor estaba muy serio; a lo mejor le preocupaba algo y le pedí que le preguntara. Lo hizo: “no tengo nada, estoy cansado y aburrido”. Al rato se fue; ni siquiera comió abundante como era su costumbre.
Cuentan que la madrugada del miércoles 20 de abril de 1988, Jorge Hank y sus amigos andaban enfiestados; y que Murguía se acercó a Jorge para decirle, frente a Vera Palestina, que si ya había leído lo que de él escribió Félix; que muy atrevido; que ya era hora de ponerlo quieto; y que si no entendía por las buenas, entonces por las malas. Dicen que Hank Rhon no contestó; que siguió gozando. Y aseguran que fue tanta la insistencia de Murguía que por fin Hank Rhon les dijo que sí: que adelante.
Antonio Vera Palestina debió ir a su oficina por la espléndida, carísima escopeta de alto poder. Llevaba seguramente su pistola al cinto, como siempre, y llamaría a dos hombres de su confianza: Victoriano Medina y Emigdio Nevárez, ex agentes de la Policía Judicial del Estado los dos, incondicionales a sus órdenes; eran su refuerzo y los prefería porque no le decían nada de lo que hacían ni al santo de su cabecera.
Físicamente, Victoriano y Emigdio eran todo lo contrario. Chaparro, malencarado, picado de la piel, pelo quebrado, fornido y desaliñado, bueno para los trancazos y los disparos, ágil, es Victoriano. Emigdio: medio güero, siempre encachuchado con una de beisbol; de chamarra normalmente y también desaliñado; hombre de esos que tienen cara de no romper un plato; significado porque en caso serio y delicado, era más fácil hablar con un mudo que con él.
A Victoriano, Vera Palestina lo mandó en su Transam para que se “clavara” cerca de la casa de Félix, en la esquina de Sol y Piscis; para él no era desconocido el lugar: estuvo allí en diferentes ocasiones vigilando a Félix. Victoriano obedeció. Hacía tiempo que varios vecinos que habitaban en la calle Piscis, sintieron lo muy extraño que era ver cada vez más seguido al Transam; a la policía se lo dijeron, y que también que el ocupante del vehículo usaba un radio transmisor portátil en el que hablaba continuamente. A una mujer que todos los días llevaba a sus hijos a la escuela también le llamó la atención que un día y otro también el Transam negro ahí estuviera.
A Emigdio, Vera Palestina le ordenó que manejara una camioneta y que él iría a su lado. Fueron y se estacionaron en el cerro de enfrente de la casa de Héctor; vieron y vieron con prismáticos al interior del domicilio. Allí permanecieron desde la madrugada. Cuando amaneció, lloviznaba y hacía frío. Los tres empleados de Jorge Hank se comunicaban por su radio portátil con central en el hipódromo.
Antes de las nueve de la mañana, salió Héctor de su casa. Enchamarrado y sin sombrero, eso sí con su paraguas. Subió a su Crown Victoria. Un vecino esperaba, como todos los días, a que un compañero lo recogiera en su carro para irse con él al trabajo antes de las nueve de la mañana. Escuchó el motor de su vehículo y creyó que había llegado su compañero; se asomó desde la ventana –llovía– y confirmó que no era su camarada: era un Transam negro, cuyo motor habían encendido. Al mismo tiempo, vio que Héctor Félix, muy conocido por él, subía a su carro guareciéndose con un paraguas.
“El Gato” iba en ayunas y, con seguridad, antes de llegar al periódico se iría a desayunar. Tragón como era, lo primero para él era comer, ya después lo demás. El Transam lo siguió. El vecino seguía viendo. Uno se imagina que en aquel momento, por radio, se dijeron “¡ya salió”!, y que el Transam con Victoriano, rápidamente, se colocó delante del Crown Victoria de Héctor. La camioneta con Vera Palestina, rápido bajó del cerro.
Héctor manejó sin prisa; primero por la corta calle Antares, torció a la izquierda por la avenida Libra, y luego se encarriló por la bajada, ancha, que por eso la llaman bulevar López Velarde. Uno se imagina que Antonio Vera Palestina y Victoriano Medina se coordinaron muy bien por radio porque en el momento menos esperado, Héctor ya tenía enfrente y sin conocerlo el Transam de Victoriano. Lo más seguro es que ni la atención le llamara. Y como estaba lloviznando muy rápido, “El Gato” tendría más cuidado de manejar en bajada que andar viendo quién iba delante o quién venía por atrás.
A una cuadra de terminar la bajada, Victoriano frenó y detuvo el Transam, Héctor también frenó. Atrás, venía la camioneta con Vera Palestina. El Crown Victoria de Félix no pudo seguir adelante: quedó encajonado. Emigdio avanzó con su camioneta para rodear y frenar exactamente en paralelo al auto de Félix: Vera Palestina bajó el vidrio, sacó la escopeta y disparó dos veces a Héctor.
Victoriano arrancó su Transam. Un vecino lo vio atravesar a gran velocidad la calle y pasar sobre un gran charco. Otro vecino escuchó los balazos; salió a ver y alcanzó a divisar la camioneta de Vera Palestina. El motor del Crown Victoria del “Gato” siguió funcionando. Sin control, el vehículo pegó contra el alto cordón de la banqueta a la izquierda, rebotó a la derecha, volvió a rebotar a la izquierda, cruzó la avenida donde termina la rampa y se fue sobre el frente de una casa, afortunadamente ya sin velocidad.
Zapatos cafés, calcetines blancos, pantalón gris, chamarra verde y camisa blanca, todo quedó manchado de sangre. Todo. El estómago lo tenía estallado. Sólo del cuerpo, durante la autopsia, le extrajeron diecinueve proyectiles de los dos cartuchos que llevaban numerosos “balines”; en el tórax dejaron cuatro perforaciones; del lado derecho, fracturaron de la séptima a la undécima costillas; en el izquierdo, destrozaron la quinta y la sexta; internamente dejaron muchas perforaciones. Y no es un símil: destrozaron totalmente su corazón. Se acabó su vida; el poder de su columna del Semanario.
Tomado del Libro “Una vez nada más”, de Jesús Blancornelas, pág.105-108.