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Los narcojuniors

J. Jesús Blancornelas

Eran muchos y harto conocidos. Después, uno o dos por mes, a veces hasta tres, fueron ejecutados. Hoy son pocos y no dejan verse. Todos, más de una veintena, hijos de familias pudientes. Las de más alcurnia en Tijuana. Educados en el catolicismo puro de los maristas. Todavía sin cumplir los veinte y unos apenas pasados, sus caras quedaron estampadas primero en los anuarios colegiales, luego era acostumbrado verlos unos años después en las páginas de sociales casi casi como parte del inventario de las discotecas, y de allí brincaron inesperadamente a la sección policíaca de diarios, semanarios, revistas y televisión. Ahora, todavía no cumplen los treinta algunos. Pocos los rebasan.

Fuera de los que murieron y los que aún existen, nadie sabe con certeza cómo el narcotráfico y los hermanos Arellano Félix sedujeron a estos jóvenes desde que estaban en la secundaria o la preparatoria, para dedicarse a ese negocio, otros al vicio y los menos al crimen. A las ejecuciones despiadadas. Por gusto o por capricho, por venganza. Por lo que fuera, el chiste era matar. Así fue como nacieron, crecieron y se desarrollaron los afamados narcojuniors que colocaron a Tijuana en el mapa del desprestigio.

El padre de uno dijo en cierta ocasión a un periodista: “Le di todo a mi hijo. Buena escuela. Buena ropa. Buen carro. Dinero. Apellido. Todo”. Pero descorazonado remató: “Lo único que no le pude dar fue poder”. Así, la prosapia de sus nombres se convirtió públicamente en una mezcla de repudio y de fama. Fecundada por la impotencia o complicidad policíacas, esta generación que traía las leyes divinas metidas en la cabeza desde pequeños se distinguió en los últimos seis que siete años por ocasionar los más estremecedores crímenes y los más espectaculares movimientos del narcotráfico. Fundido su poder económico con el de los Arellano Félix, se volvieron intocables.

En 1996, ZETA hizo un recuento de sus asesinatos. Lo mismo había nombres de sus propios compañeros que de policías y hasta de jovencitas. Eran más de veinte y en ninguno de los casos la policía siquiera inició la investigación. El catálogo era escalofriante. Lo mismo mataron a uno de los suyos en Cancún, que a un subdelegado de la Procuraduría General de la República con tres escoltas en la ciudad de México. Su poderío llegó hasta darse el lujo de ejecutar a un ahijado del ex gobernador del Estado, Licenciado Xicoténcatl Leyva Mortera en territorio norteamericano. También al familiar de un respetable agente aduanal. Ambos crímenes con un común denominador: Ni la policía estadounidense intervino. Los delitos permanecen sin castigo.

Otro ejemplo: Por ser de buena familia a Fabián Martínez, el Cónsul de Estados Unidos aceptó su recomendación para incluir a un amigo como chofer. Todas las mañanas llevaba a los hijos del diplomático de Tijuana a San Diego para estudiar. En la Línea Internacional le daban paso preferencial y una sonrisa. Casi se le cuadraban. Nunca se imaginaron que de lunes a viernes en la cajuela del auto iban valiosos paquetes de cocaína.

Fabián, hijo de un famoso ginecólogo se volvió rico con esa operación. Se retiró del volante y dejó en excelente punto sus relaciones con el consulado. Pero antes eslabonó una cadena méxico-norteamericana para seguir con el negocio. Les untó la mano a las policías de uno y otro lado de la frontera y se fue por otra vereda. Hoy se le acreditan la mayoría de los crímenes. Retraído cuando adolescente en la escuela, todos lo bromeaban y abusaban de él. El clásico barco. Ahora los que se acuerdan de Fabián y saben qué hace, les da miedo encontrárselo.

Los narcojuniors tienen su distintivo. No son como los mafiosos de botas vaqueras con puntera de plata, ni texana de varias equis, ni cinturón piteado y menos aparatosas joyas colgando de cuello y muñecas. ¿Suburban con vidrios polarizados o picap super adornada? Nada de eso. Lo menos que traen es BMW, a veces descapotable, corte de pelo moderno o resaltando el gel. Camisa Versace y pantalón Giorgio Armani. Zapatos Bally. Elegantes como un maniquí de cualquier aparador en Beverly Hills. Por eso andaban en las mejores discotecas y restaurantes. Iban al o regresaban del otro lado a la hora que querían y quieren. Y naturalmente, los acompañan mujeres tan lindas como Salma Hayek.

Nadie que los vea se imagina que esos jóvenes traen bajo el asiento delantero su “cuerno de chivo”, una pistola Beretta o una carga de cocaína en la maleta. ¿Nombres? Hay más de muertos que de vivos. Pero es una generación que se va extinguiendo. Una generación que coincidió con los Arellano Félix cuando todavía no eran los afamados y perseguidos de hoy. Eran jóvenes que se reunían en el apartamento de los legendarios hermanos como es común suceda entre los jóvenes de cualquier parte cada fin de semana. La diferencia era que con excepción de Benjamín y Ramón, los demás eran hijos de familias pudientes y estaban en una escuela católica. Pero entre reunión y reunión se fueron más que conociendo. Tuvieron una gran suerte. El gobierno de Xicoténcatl Leyva Mortera los solapó y crecieron.

Cuando el poder se les subió a la cabeza de repente uno mataba a otro porque le había ganado la novia. O porque éste habló mal de aquél. O como por allí se dice, por quitarme estas pajas. Pero también mataban por negocio obedeciendo a los Arellano y, naturalmente, ganándose una buena cantidad de dólares. A los incumplidos les atiborraban de balas. A los traidores los mandaban al otro mundo. Y a los que se atrevían a competir en el bussiness los convertían en clientes de las funerarias.

En suma, los narcojuniors son unas figuras míticas en Tijuana. Un fenómeno que no se ha dado en ninguna parte del mundo. Jamás tantos jóvenes de familias tan adineradas estuvieron tan relacionados con el mundo de las drogas. Hasta se podría hacer una película de ellos. Sería una historia de jóvenes entrando al infierno por las puertas del paraíso.

Salieron tan vivamente organizados que en la Policía Judicial del Estado tenían comisionados especiales para que investigaran sus crímenes. El papel de los agentes era precisamente desvirtuar todas las pistas y darles largas a los casos hasta el grado que ninguno de los cometidos desde 1966 ha sido resuelto. Llegaron a gastar hasta un millón de dólares a la semana para recibir la protección tanto de la procuraduría estatal como de la General de la República.

Cargan con el delito de asesinato los narcojuniors Emilio Valdés Mainero, hijo de un relevante militar emparentado con el ex presidente Miguel Alemán. Alfredo Hodoyán Palacios, actualmente detenido en San Diego, California. Alejandro Hodoyán Palacios, detenido por el General Jesús Gutiérrez Rebollo, quien lo entregó a la DEA norteamericana y luego desapareció. Eduardo Páez, detenido en Tijuana, internado en Almoloya y candidato a la extradición. Sobrevive en el clandestinaje Fabián Martínez “El Tiburón”.

Son de los que cierta noche le tocaron la puerta a un agente del Ministerio Público Federal y lo mataron por no redactar, como siempre, un acta a su favor. O a los que resultó tan fácil asesinar a su amigo boxeador Jesús Gallardo en los baños del restaurante del Holyday Inn de Toluca. O mataron por la espalda al ex delegado de la PGR en Tijuana, Arturo Ochoa Palacios cuando corría en una pista deportiva, ante ojos de mujeres y hombres pudientes. También aniquilaron a los hermanos Olmos, empresarios de box que pretendieron competir con los Arellano; a sus condiscípulos Rotenhausler, Retamoza, Montero Videgaray y muchos más, sin contar a las decenas de federales y hasta miembros del Ejército.

Los narcojuniors son como los Arellano Félix. La policía norteamericana dice que están en México y la mexicana dice que viven en Estados Unidos. Una mezcla de riqueza y de poder.

Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 4 de mayo de 1999; propiedad de Jesús Blancornelas.


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